14 mayo 2008

más misterios

El chico permanecía inmóvil en el asiento del metro, escuchándonos parlotear sin parar de pie a su lado. De vez en cuando le miraba de reojo y notaba cómo él, a su vez, dirigía la vista distraídamente hacia nosotras. En la estación de plaza Catalunya se bajaron la chica que se sentaba a su izquierda y el señor de su derecha, así que, muy atento, se desplazó un asiento para que pudiéramos sentarnos juntas. Intercambiamos una mirada de simpatía y le di las gracias. Qué majo. Se levantó antes de llegar a la siguiente parada y justo antes de salir del vagón, me arrojó atropelladamente un cd en las manos dejándome totalmente sorprendida. “Espera!”, le grité. “¿Por qué me das esto?”. Pero ya estaba fuera del tren. Me sonrió a través del cristal y me señaló la salida con una sonrisa triunfal mientras caminaba por el andén. Miré el cd. Estaba metido en una funda de plástico que también contenía algo parecido a la hoja de un libro viejo. La curiosidad me mataba y no podía dejar que ese chico se fuera así por las buenas saliéndose con la suya. ¡Tenía que descifrar el acertijo como fuera! “Eh! Espérame!”, le volví a gritar. Sin pensarlo, agarré la mochila y salí corriendo en su busca dejando a mi amiga con la boca abierta. Me excusé a toda prisa temiendo que las puertas del metro fueran a cerrarse de un momento a otro y comencé a seguirle. Cuando el chico vio que no sólo había salido del vagón sino que además iba a la caza y captura de respuestas, se echó a correr y tuve que acelerar el paso. “¡Espérame, no te vayas!”. Giró la cabeza y me miró: no tenía escapatoria. Así que dio media vuelta, me cogió del brazo e intentó meterme dentro del vagón de nuevo diciéndome, “métete anda, que pierdes el tren!”, como si yo fuera la excéntrica en esa situación. Afortunadamente así fue, porque en ese momento las puertas del metro se cerraron entre nosotros y el curioso encuentro subterráneo echando a perder cualquier excusa.
“¿Por qué me has dado esto?”, le volví a preguntar un tanto nerviosa y llena de curiosidad. “A ver, tía, esto está fuera de protocolo. Esta conversación no tendría que existir”, me miró entre tímido y sorprendido. “Así que esto lo haces a menudo, ¿no? Dar cd’s a extraños en el metro…” Le miré intrigada. Era un chico no muy alto, con el pelo medio rubio cayéndole por la frente, acentuando un poco más su expresión dulce y en cierto sentido, cándida. Miré la parada de metro: Liceu. No sé porqué en seguida me lo imaginé como una especie de músico bohemio. Mirando su mochila raída de cuero podía incluso verla llena de partituras desgastadas. Tenía pinta de tocar el violonchelo o algo por el estilo. Y sobre todo, de ser alguien especial.
Finalmente me explicó que por cada 10 cd’s que grababa, regalaba uno a alguien y le agradecí el haberme escogido y el que hiciera cosas así de diferentes. Me pareció una idea preciosa, la verdad. Él se quitó importancia diciendo que yo sólo era la sexta persona a la que se lo daba. Me preguntó el nombre y no sé a qué o quién le debí recordar que sonrió irónicamente y me espetó impaciente, “¿no habrás nacido el 19 de abril, verdad?”. Como soy una chica sincera por impulso, le dije que no, que nací el 25 de marzo. A lo mejor habría estado bien llevar lo bizarro de la historia a otro nivel diciéndo que sí, que además de llamarme María, también nací el 19 de abril, pero no me salió… Él se llama Roger.
Volvía a recriminarme el que hubiera salido del metro justo cuando el siguiente aparecía silbando en la estación. “Da igual, así hemos tenido esta conversación. Trenes hay muchos más…”, le contesté. Y la verdad es que el tiempo siempre sobra aunque sólo sea durante los dos minutos y medio de espera que separan los metros de Barcelona a hora punta de la tarde. Nos despedimos cuando las puertas volvieron a abrirse. Hasta la próxima, chico de los cd’s.

2 comentarios:

Antonio J. Delgado dijo...

:O

hoy casi consigues dejarme sin palabras

me encanta que puedas llegar a ser tan impulsiva

besos

GiraLima dijo...

jaja te lo digo cuando me cuentes tu historia. a ver si cae un café de confesiones, besicos!