28 junio 2007

Quemando etapas

Hoy es el final de muchas cosas. El final abrupto que llevo cocinando a fuego lento varios años. Podría haber sido diferente, podría haber sido más doloroso o, simplemente, menos triste. Pero las cosas son como son y a veces es mejor no hundir dedos en llagas propias. Hay transiciones que es mejor realizar sin pensar demasiado en ellas. Me espera por delante un día muy largo y quiero dejar constancia de esta sensación de papel en blanco que se extiende ante mi para las próximas 24 horas. Inconclusa, esbozo de verano. Es así como me siento. Inconclusa y contrariada.
Mañana empieza una vida nueva. Siempre una vida mejor. A eso se le llama optimismo; a lo que dejo atrás, pasado.

Me voy de Madrid. ¿Punto y aparte?

21 junio 2007

La muerte de Margarita Barquillo (II)

Si había dos cosas que Juan Argüelles odiaba en este mundo eran, sin duda, uno, el café frío; y dos, las bombonas de oxígeno. Estas manías irrisorias a simple vista, cobraban en la vida de Juan una particular importancia. El café frío no le molestaría tanto si fuera un suceso puntual, por ejemplo, un café frío tomado con prisa en cualquier cafetería normal y corriente del centro. Sin embargo, él tenía la mala suerte de tener que tomarlo frío todos los días, cosa que le ponía de mal humor ya para el resto de la jornada. La culpa de este desafortunado desayuno la tenía Marisa, la camarera de la única cafetería de los alrededores abierta a la hora en que Juan salía de su casa en dirección al trabajo. Nunca se explicó cómo se las apañaba Marisa para olvidarse siempre de calentar la leche antes de servirla en el café. Y mira que se lo había advertido veces, pero nada. Siempre se hacía la distraída y se excusaba con una sonrisa enorme que no encajaba entre las caras pálidas y somnolientas que a esas horas se acercaban a la barra. Juan llegó a pensar que lo hacía aposta y eso era algo que le irritaba aún más, si cabe, que la segunda manía, las bombonas de oxígeno.
Juan era repartidor de bombonas de oxígeno. De enormes, pesadas e interminables bombonas que tenía que transportar diariamente, y a pulso, a domicilio. Las más pequeñas, con una semana de duración, rondaban los 70 kilos. Las más grandes, los 100. Estaba harto de las malditas bombonas. Siempre que llegaba a alguna casa, llamaba por el interfono y, al escuchar el habitual “¿quién es?”, repetía casi sin pensar, “el del oxígeno” de una forma tan patética que hacía tiempo que había perdido su significado. Juan Argüelles era conocido como “el del oxígeno” por un número mayor de gente de la que sabía su nombre y apellidos. La verdad es que estos últimos no eran muchos. Más bien se podría decir que Juan estaba prácticamente solo. No es que eso le importase demasiado ya que él nunca había sido muy sociable, pero, cuando se ponía a pensar en ello, descubría, no sin cierta rabia, que probablemente, si algún día desapareciera del mapa, las únicas personas que le echarían de menos serían aquellas que le conocían con el sobrenombre de un gas. Por eso probablemente seguía acudiendo todos los días a la misma cafetería a pesar del café frío. Al menos, Marisa le llamaba por su nombre.
Las personas a las que solía ir a repartir eran, por lo general, enfermos y ancianos enfermos. Había en particular una clienta a la que Juan odiaba casi tanto como a las malditas bombonas. Su nombre era Margarita Barquillo y, a juzgar por “el del oxígeno”, a simple vista, no tenía pinta de necesitarlo. Era una mujer enjuta, de unos 80 años pero bien conservada, pensaba Juan. No parecía estar mal de salud, al contrario. Tenía una voz desagradable y chillona que simulaba estar obligando continuamente a quien la escuchaba. Además, en vez de la chica joven que trabajaba en la casa, una tímida chica ecuatoriana, siempre era Margarita quien respondía al interfono y le recibía en la puerta. De ningún modo parecía necesitar reposo en la cama a pesar del dolor crónico del pecho y malestares de los que siempre se quejaba a voz en grito, arrastrando unos lastimosos gemidos que Juan ya oía retumbar mientras subía por el ascensor.
“¡Cómo has tardado hoy! A ti no te importaría que me muriera, no. Si es por ti, ya puedo estar aquí agonizando durante toda la mañana”, le espetó un día la Barquillo, o la “vieja asmática”, como la llamaba, quizá por venganza, “el del oxígeno”.
"No sea exagerada, señora, que antes de que eso pase tiene usted aquí en la puerta a toda la comunidad si se les pone a gritar como me grita a mi", le habría gustado responderle. Pero Juan no llegaba nunca a contestar a la vieja asmática de esa forma altiva que tantas veces había imaginado. Se quedaba callado, un tanto cohibido por aquella mujer envuelta en bata de franela rosa que le miraba como si le estuviera perdonando la vida constantemente. Un día de estos, se decía, le respondería como es debido y la pondría en su sitio, sí señor. “Esa mujer necesita que alguien le baje los humos”, pero, por el momento, Juan Argüelles prefería realizar la transacción de bombona-dinero diligentemente para perder lo más pronto posible de vista a Margarita. Simplemente, no se sentía cómodo a su lado. Le recordaba a sor Ignacia, una monja del orfanato en el que se crió. Era una prelada de nariz aguileña coronada por unas pequeñas gafas redondas que se paseaba por el patio de recreo con una inseparable regla de madera en la mano. Fueron muchas las veces que Juan pagó en exceso los arranques de disciplina que tan a la orden del día ejercía la religiosa. Permaneció en el mismo centro hasta los 15 años, y, en ocasiones, achacaba a sor Ignacia su prematura decisión de abandonar los estudios. “Y ahora, tengo que encontrarme todas las semanas, quiera o no, con su hermana gemela, ¡hay que joderse!”, pensaba durante el café frío de los lunes, día de reparto en casa de la vieja asmática.
Vivía en una casa enorme. Debía estar forrada, la tía. Tan sólo había recorrido el pasillo en dirección al dormitorio de Margarita pero se notaba que en esa casa había dinero. Solamente la suma de reliquias y antigüedades podría alcanzar una buena cifra, pensaba mientras, en el traslado de la bombona, dirigía miradas distraídas al mobiliario de la casa. “Y son dos hermanos solteros, así que lo que tengan es todo para ellos, si es que en realidad tienen algo”, cavilaba en ocasiones. Margarita y su hermano parecían estar tan solos en el mundo como él mismo. Y era probable que, tratándose de personas tan mayores, sin descendencia ni amigos, nadie notase su ausencia, si, por cualquier desgraciado infortunio, desaparecieran algún día...

19 junio 2007

La muerte de Margarita Barquillo (I)

Aquella mañana Nereida llegaba tarde a trabajar. Era domingo, apenas las 10 de la mañana y llovía como si la tierra quisiera beberse el agua del cielo de un solo trago. No había nadie por la calle y el paraguas de Nereida bien parecía una balsa de plástico perdida en el asfalto de Madrid. “Mierda de trabajo”, no dejaba de pensar mientras sus pies se dirigían automáticamente hacia la casa donde tenía que ir todos los días desde hacía ya un año y medio.
Se conocía el camino de memoria, casi los pasos exactos desde la boca de metro hasta la puerta de entrada. Sí, la verdad es que el trabajo, decían sus compañeras de piso, no estaba nada mal. Claro, ellas no sabían nada aparte del simple hecho de que cuidaba a una mujer de 79 años y su hermano de 83. Los dos solteros, los dos mayores. Y ella les hacía de madre, según bromeaban sus compañeras. Según Nereida, en realidad les hacía de criada. Cómo odiaba a esa mujer, sus gritos imperativos, sus desdenes. La altanería de señorona que, aunque ahora vieja y caída en desgracia, nunca desparecía. Ese rictus rancio de clase alta que aún permanecía en su rostro, del mismo modo que todavía impregnaba las paredes de papel macilento de la casa, despidiendo olor a soledad y pasado.
Habían sido una familia importante los Barquillo. Allá por los años de posguerra, el padre de Margarita y José Barquillo reunió una considerable suma de dinero gracias al estraperlo y fue con esa cantidad que se compró el piso en Chamberí, en el centro de Madrid. Sacó a su familia del pequeño pueblo toledano y se fue rumbo triunfante a la gran ciudad en un lujoso coche que había alquilado expresamente para la ocasión. Al cabo de los años, había reunido una gran fortuna que heredaron intacta ambos hermanos. Y como los dos eran solteros, y de “poco gastar” según la propia Margarita, Nereida sospechó durante mucho tiempo que la suculenta cuenta de los Barquillo debía estar bien guarecida en las arcas de algún banco. Sin embargo, una noche de tantas que a José le daba por inclinar demasiado el codo y recordar tiempos mozos, este le confesó que la herencia no estaba encerrada en ningún banco. “A Margarita nunca le dieron confianza todas esas urracas de cuello blanco”, balbuceaba mientras apuraba el wiskhy con hielo. “Siempre dijo que donde mejor estaría el dinero sería cerca de ella, en la casa que la vio nacer”. Desde aquel día, Nereida se preguntaba en qué parte de la casa habría guardado la vieja bruja la fortuna familiar.
Margarita Barquillo nunca había tenido amigos, ni novios, ni amantes. Sólo un hermano alcohólico y despreocupado del que cuidar, aunque realmente nunca ejerció el papel de hermana abnegada que ella recalcaba siempre que tenía la ocasión. La única persona de la que se había preocupado en toda su vida era ella misma, pensaba Nereida para sus adentros cada vez que a la Barquillo le daba por ir de madre Teresa. Si hay que ser jueces de esta historia, nadie negaría que la pobre Nereida era demasiado buena para los dos hermanos. Algunas veces, mientras Margarita, voz en grito, le ordenaba planchar mejor las camisas de José, Nereida pensaba bajito en si los vecinos estarían escuchando las órdenes tan estridentemente como ella. Era de Ecuador, tenía 23 años y un peso grande en el pecho que no se iría sino con los papeles y el posterior abandono de la casa de los Barquillo. Pero de momento tenía que aguantar, o al menos, eso creía ella inocentemente. Muchas noches soñaba con matarla. A José le dejaría en paz. No soportaba la visión de su baba cayendo mientras le daba de comer, ni su olor a alcohol rancio, pero, a pesar de todo, ambos tenían una cosa en común: odiaban a Margarita. Sin embargo, a ella, pensaba Nereida en sueños, la mataría sin remordimientos una y otra vez. ¿Quién la iba a echar de menos? Nadie. Ni siquiera su hermano, de eso Nereida estaba bien segura. Le clavaría el cuchillo de cocina tantas veces como hiciera falta para que esa maldita vieja dejase de gritar y de comportarse como la dueña del mundo. Había días en los que realmente no podía más. Y ese domingo, bendito domingo, era uno de esos días.

17 junio 2007

indiferencia

me da igual pintar los colores porque la lluvia puede con todo,
puede con todo y los borra a medida que los pinto
los arrastra calle abajo formando charcos de crema

la lluvia puede con todo
con mi ínclita sonrisa de grapas, con las pisadas solitarias del metro,
puede con este palpitar que ni siquiera es mío
con las palabras que sólo se piensan, con aquellas que jamás decimos

me da igual este arco iris que no termina de descansar en el cielo
nube a nube cayendo espesa, vomita la lluvia sobre el pelo mojado
y me da igual porque no me importa el reposo, porque mato el conformismo
porque puedo caminar sólo si quiero para después decir que lloví descalza

no me importas tú ni el diluvio que te anuncia
no me importas tú ni las disculpas desbordadas
desde el principio de un nuevo vacío, marco el fin de los amores tormenta

14 junio 2007

extirpar

La confianza es débil de horas, pálida que me envidia y cierra la puerta al reposo de los latidos
La confianza se quiebra desde el vientre, sembrando castigo para curiosas sin remedio, deshaciéndose, tan rápida, tan juez del que llora

Desconfío de la certeza que regalan los minutos
De las emociones en rebajas prometiendo sin cartera
Desconfío desde la sangre que me aconseja anciana
Que me exige de inmediato una matanza,
Un doliente genocidio de ilusiones

07 junio 2007

Re-cortada

Atalaya llegó a casa y cerró la puerta de golpe, como queriendo dejar fuera con aire indolente todo lo que tuviera que ver con el exterior. Lanzó el sombrero al sofá de la entrada y, de camino a la cocina, decidió dejar de pensar durante esa noche.

En la calle hacía frío. Una temperatura poco corriente para principios de septiembre. Mientras abría la nevera, Atalaya recordó la voz del hombre del tiempo el día anterior anunciando una ola de frío. Se encogió de hombros y abrió el brick de zumo de melocotón y uva del Día. “Por mi como si graniza: no pienso salir...”. Eran sólo las 9 de la noche, estaba sola en casa y lo único que le apetecía de veras era comer chucherías y ver una peli... Sonaba tan típico que le entraron ganas de llorar.

A Atalaya le gustan las gominolas rojas. No sabe porqué, pero solamente le gustan rojas. Es consciente de que todo es cuestión de colorante, pero no puede evitar sentir un sabor diferente si se lleva a la boca una gominola que sea de otro color. El verde, por ejemplo, siempre le sabe a manzana; el azul, a piña... Un día decidió que el rojo era el que más le gustaba de todos. Según Atalaya, es el que sabe a más cosas a la vez. Así que, para iniciar su tranquila noche de viernes, bajó a la calle dispuesta a comprar una bolsa repleta de deliciosos dulces rojos. De pequeña, la primera vez que escuchó la expresión “endulzar la vida”, lo creyó tan literalmente, que está convencida de que eso sólo se consigue espolvoreando azúcar regularmente por la cabeza o, en su defecto, comiendo gominolas rojas. Si siempre le había funcionado, esta vez no podía fallar.

En ese mismo momento, una motocicleta azul está esperando a que cambie el color del semáforo en la calle Ríos Rosas. En cuestión de segundos, esa misma motocicleta girará hacia la derecha por Ponzano y en el paso de peatones atropellará a Atalaya Sinabrigo. El momento del siniestro sucede, exactamente, a las 21.04, según advertirá más tarde al SAMUR una pareja de ancianos que paseaban a su perrito por la calle. “Pobre chica, se quedó allí tirada como muerta”, se lamentaba la viejecita mientras acariciaba al animal.

05 junio 2007

historia de una noche

Aquella piel sabía a limón, recordó mientras terminaba el café. Hacía ya varios meses que no le veía, pero siempre que evocaba esos días que pasaron juntos le venía a la cabeza el sabor de su cuello. Tenía la piel suave. Aunque quería volverle a ver, nunca se atrevió a llamar tras la despedida. ¿Para qué? Apenas hablaron ni intimaron como se supone que hacen dos personas encerradas en una cama durante una semana. No compartieron secretos, ni descubrieron aficiones comunes. Lo suyo fue puramente sexual y ella lo supo muy bien desde el principio.
Cogió la mochila y salió a la calle. Había quedado en el dos de mayo con Clara y llegaba tarde así que decidió entrar en el metro. Como tenía 3 paradas por delante sacó un libro y se puso a leer. Odia los momentos muertos en el tren. Al salir a la calle recibió un mensaje. Era de su amiga. Se había encontrado con Marcos en el parque y lo sentía mucho pero se iba a ir con él porque tenían mil cosas que aclarar. Miró el reloj. Eran sólo las 10.30 y en la salida del metro de Tribunal ya había gente esperando. "Todo el mundo queda aquí" pensó mientras miraba a los grupos de jóvenes con las típicas bolsas del súper llenas de calimocho. La calle estaba bastante llena. No reconoció a nadie y siguió camino del dos de mayo, "aunque sea por darme un paseo", pensó.
Fue bajando la calle la Palma cuando le vió. Estaba dentro de un bar, sentado en una mesa que daba a la ventana... sólo. Se puso nerviosa y se paró en seco. Como tardaba demasiado en decidirse a entrar, estuvo a punto de dar media vuelta, porque no soporta enfrentarse a este tipo de situaciones sin espontaneidad. Terminó entrando. Al fin y al cabo, no iba a dejar pasar la oportunidad.
Él era muy tímido y no se dijeron gran cosa el uno al otro. Se limitaron a mirarse con una sonrisa estúpida en los labios y, después de una cerveza, se fueron a esconder a otro bar con bastante más ruido y menos luz. Fue entonces cuando comenzó el juego en el que él se esconde y ella le llama. Cayeron caricias derretidas, bailaban cada vez más cerca. Al cabo de unas horas estaban tan borrachos y había pasado tanto tiempo, que ella no recordaba bien el camino hasta su casa cuando cerraron el garito y salieron a la calle. Lo que sí recordó una vez en ella fue el tacto de su espalda, el olor de su cuello. Tras todos esos meses no había olvidado la presión exacta que sus manos, fuertes y amplias, ejercían sobre su cadera, ni esa forma de follar que le hace irresistible, ni los ojos azules de naúfrago. Más tarde, mientrás él dormía, se dedicó a memorizar su cuerpo, blanco y perfecto. Aprendió las líneas y curvas, excitántemente exactas que bordean su torso y aspiró el borde de sus labios, rozándolos levemente con la lengua.
A la mañana siguiente ella le besó con un beso de despedida que contenía todos los besos inventados. Se lo dió despacio pero sólo le dió uno. Era un beso triste. Quién sabe cuándo se volverán a ver.

estoy megalcohólica


Retornar a la melancolía siempre es dulce. El camino de vuelta se hace cada vez más familiar mientras la sensación de nube se apodera del espíritu. Pero la dulzura que transmite la melancolía no sabe a caramelo. Es una dulzura espesa y se agarra al estómago con fuerza. Su poder es tan intenso, que anega el paladar y prohíbe otros sabores mientras permanece en él. Qué camino tan interesante el recorrerse a una misma. Camino de ida y vuelta.


me gusta bajar al Hades de puntillas para prenderme en los ojos una fugaz mecha de pena
después robar la cama, ser princesa de sólo un cuento, abrirme a las dudas con rabia
y pasear por las ventanas que acecho, asomándome al balcón del deseo como quien mira el mar en un cuadro,
sentirme pequeña de regaliz cada vez que pierdo la mirada en las vías...
me gusta aprenderme de memoria el ciclo imperfecto, aquel en el que siempre termino herida y el mismo en el que hiero
matando, inocente, corazones con las manos
y saberme errante camino al Hades
con un puñal de melancolía arañando el pecho

27 mayo 2007

Náusea

Qué es peor, ¿la incertidumbre o la decepción? O lo que es lo mismo: qué es peor, ¿la espera o un final inesperado?

Amelie no puede hablar

¿Cómo se puede borrar algo que nunca se ha escrito? Últimamente muerdo las letras antes de escribirlas. Por culpa de la impaciencia, por tener el teclado atado a las manos sin magia ni hilo invisible. Por tener mucho tiempo libre para ocupar escribiendo y borrando. Cambiando verbos, preposiciones. Ahora sin adjetivo, ahora con duda, odiando el plural (o plurales). Muchas veces borrando todo lo escrito. Eliminando el rastro fugaz de las palabras con sólo un botón. Y siempre con la dulce impaciencia bailando en la yema de los dedos.
Releer desde la primera lectura; perseguir la frase perfecta; encontrar la secuencia exacta de palabras que logren transmitir fielmente la idea por la que, a su vez, han sido creadas.
Escribir es como realizar un puzzle infinito. Prescindir de una sóla palabra implica encajar de nuevo todas las demás y ese ejercicio de paciencia requiere tiempo. Por eso me encanta escribir con calma y dedicarle a cada frase el tiempo necesario, aunque luego termine borrando el fruto del esfuerzo sin miramientos.
Primero hay que pescar la idea o el pececillo escurridizo que navega por dentro de la cabeza y, después, una vez que está bien atado, hay que darle forma a través de las palabras. Paradójicamente, esa es la única forma de alumbrar de nuevo a la vida al pobre pez-idea. Es una pena que haya tan pocas palabras (y cada vez empleamos menos en la vida cotidiana) y que muchas de ellas sean insuficientes para devolverle a la idea su forma original. Estoy escuchando Amelie. Es tarde. Me gusta disfrutar de la soledad y escribir cosas sin sentido. Borrarlas.

24 mayo 2007

Yalal ad-Din Rumi

A propósito de un trabajo que tengo que hacer sobre la poesía de Rumi, dejo caer por aquí algunos versos del genial místico sufí, fundador de la orden de los derviches o girovagos. Animo, a quien le pique la curiosidad, a indagar más sobre el llamado "maestro de maestros".


Cuando estoy contigo, estamos despiertos toda la noche
Cuando no estas, no puedo dormir
¡Que Dios bendiga estas dos insomnias!
y la diferencia entre ellas
-
Durante años, copiando a los demás, traté de conocerme
Desde dentro no podía decidir que hacer
Incapaz de ver, escuche mi nombre
Luego, salí afuera
-
En las adoraciones y bendiciones de los hombres rectos
Las alabanzas de todos los profetas están amasadas juntas.
Todas sus alabanzas se mezclan en una corriente,
Todos los vasos se vacían en una sola jarra.
Pues El que es alabado es, de hecho, solamente Uno,
En este sentido todas las religiones son sólo una religión.
Porque todas las alabanzas están dirigidas hacia la luz de Dios,
Sus numerosas formas y figuras están tomadas de ella.
Los hombres nunca dirigen sus alabanzas sino al Ser considerado digno,
Se equivocan a través de opiniones erróneas de Él.
Así, cuando una luz cae sobre un muro,
Ese muro es un eslabón en conexión entre todos sus rayos;
Sin embargo cuando arroja ese reflejo de nuevo a su fuente,
Erróneamente muestra lo grande como pequeño, y detiene sus alabanzas.
O si la luna se refleja en un pozo,
Y alguien está pretendiendo alabar a la luna,
Aunque, por ignorancia, mira dentro del pozo.
El objeto de sus alabanzas es la luna, no su reflejo;
Su infidelidad surge del error de las circunstancias.
Ese hombre bien intencionado está equivocado en su error;
La luna está en el cielo, y él la supone en el pozo.
Por estos falsos ídolos la humanidad está perpleja,
Y conducida por vanas codicias a su dolor.

21 mayo 2007

interminable

atenta al baile del duende lisérgico que paso a paso baja al pozo
piedra a piedra, resbalando y ríe el duende mirada caramelo
atenta al gris de la música que suena
al metal estridente que rompe el suelo
dientes de espuma, pies de plomo
genocidio de relojes en la puerta de salida
rodillas quebradas las del duende lisérgico
espasmos en vela para mentes en blanco

18 mayo 2007

vía libre

"LA ÚNICA OPCIÓN ÉTICA ES EL DESEO"

lucy in the sky with diamonds

Cuando volví a abrir los ojos, la cometa de colores comenzaba a descender peligrosamente precipitándose hacia los arbustos de la orilla del río. Parecía un exótico pájaro herido cortando el viento sobre el azul del cielo. La chica que la manejaba tiraba del hilo con fuerza, viendo venir el inminente desastre de la cometa atrapada en las ramas. No pudo hacer nada por detenerla. Por más que estiró del hilo, el viento terminó empujando al pájaro de mentira de vuelta a la tierra. La chica se acercó a la orilla y comenzó a desenredar el hilo hábilmente atrapado en las espinosas ramas del arbusto. Volví a cerrar los ojos.

20 abril 2007

el olor de la menta

A aquella hora el zoco está siempre abarrotado. Nada más cruzar el arco de la antigua muralla, se encuentra la calle principal y, de repente, el goteo de gente se vuelve denso. Empieza a ser difícil caminar sin tropezar constantemente con alguien o meter el pie en algún socavón o charco de la calzada.
Inmediatamente, la chica se siente sobrecogida por una intensa ráfaga de olores y se abraza más fuerte a la cintura del chico. Son una pareja extranjera y, aunque están mezclados en la inmensidad del zoco marroquí, se les distingue claramente entre la multitud. Ella tiene el pelo largo y los ojos verdes. Es joven y bonita. La camiseta de tirantes deja ver sus blancos brazos y los hombres que pasan a su lado la miran descaradamente. Él es alto, rubio. Tiene el pelo largo y enredado. La navidad pasada decidió dejar de peinarselo. Le cae por los hombros acentuando la expresión aniñada de su rostro. Hacen buena pareja.
Los dos extranjeros caminan lentamente entre la gente y observan el bullicio como si fueran dos personajes ajenos al escenario del zoco, pasivos espectadores de una película muy real. Observan los puestos ambulantes de pan recién hecho, los de apetitosa fruta, las piezas de carne despedazadas tendidas al aire. Los aromas se mezclan con el ir y venir de las personas. A veces, canela; otras, intenso curry y, siempre, acompañándoles, el rastro del olor de la menta.
La vida en el zoco es rápida. A menudo tienen que apartarse del camino para evitar ser atropellados por algún carro o bicicleta temeraria. Sin embargo, él camina despacio, como si llevase el peso de toda su vida en las piernas, como si fuera consciente de su existencia a cada paso. Camina y parece tan seguro de sí mismo… Ella le mira y sonríe. Aprieta su cintura con la mano y se deja contagiar por ese ritmo lento. Cierra los ojos. Abrazada a la camisa de cuadros del chico rubio se siente segura, así que decide no volver a abrirlos. Atraviesa el zoco a oscuras pero con los demás sentidos más despiertos que nunca. Tacto, oído, olfato. La sensación es tan intensa que, por un momento, desea no salir de ese universo de sentidos redescubiertos.
Minutos más tarde, en una playa cercana, una ola termina empapándoles de agua. “El mundo es algo mágico”, le dice ella justo antes de encontrar una triste concha blanca.

18 marzo 2007

esfera paralela

¿en qué instante soy esfera y en cuál me torno mapa?
bola mágica en la mano, ardid del tacto eterno
no soy sino piel plena rodando
-
y me aferro a tu espalda giróvago del tiempo
y hundo curva aspiro aliento:
como pieza puzzle en tu colmena
sólo piel plena rodando

12 marzo 2007

naufragio en la cocina



veo caer, lentamente, la última gota que derrama el vaso
flota comiéndo aire, este leve azul de agua
veo lago lamiendo el borde, suicidio colectivo en la encimera
mientras lo inevitable roza el suelo, vuelve lluvia sobre mojado
("Imágenes binoculares", Víctor Mira)

08 marzo 2007

vinculante

condicional me sabe amargo
como sacrificio de reloj a mediodía,
cuando resuena el tambor de sangre
y nadie quiere asumir pecados

¿y si los dioses no admiten reglas?

condicional lee en mi las agujas
el fino metal que rompe pieles
punzando sobre la sien con hierro encendido
no es si no cláusula de la Reconquista

me llevan con ellos, por el desagüe, todos los pactos firmados