08 noviembre 2012

Terapia en la cocina

Ahora que todo está en calma, que el aceite espera hirviendo en la cazuela mientras decido cómo cocinar mis perdones, tengo que confesar que el perdón más grande, el que más harina lleva -y por tanto es más jugoso y más miel; el primer perdón cocinable en esta olla de barro lenta y sapiens que me ha dado la causalidad del devenir, recae en perdonarme a mi misma. Y recae porque ha caído ya tantas veces que el "re", como en "reducir" y "repensar" es más bien una formalidad del tonto destino conocido como "conciencia de una siesta a media tarde".
"Perdón", diré tras prólogos de mermelada. Perdón en el postre, tan especial que sabe a alcohol. Un sabor único, que deja un poso en la garganta inclasificable, que no es dulce, picante ni salado, que no es amargo ni agridulce. Es un sabor en sí mismo. Como mi perdón. Especial y único. Lengüetazo de sola sabiduría. Cociendo en olla de barro puesta a punto y lista, con el aceite hirviendo. Quizá así, con esta indeleble huella de quemadura post accidente culinario pueda recordar, cada vez que me lleve las manos a la cabeza clamando al universo por su vacuidad plena, que me perdoné un día. Que me di carta blanca para equivocarme, para saciar la curiosidad de mi melancolía arrastrando penas en forma de escapes y poemas, que me di carta blanca para seguir queriendo como mínimo, a mi carne. Carne que resiste los sofritos, el rebozo, que resiste ser picada por termomix alguna, que permanece lozana al paso oxidante del oxígeno corrupto. Ahí aguanta, descongelándose en la bandeja sin temor a los ratones, mi carne macerada en mil perdones, esperando el perdón último para sobrellevar la creatividad de posibles degustaciones, de mercenarios apetitosos que sucumbirán, sin duda, a su infantil epifanía. Porque quizá el perdón llegó tarde escapando de las primeras impresiones -grabadas a fuego- en el cerebro, pero las epifanías, esas llegaron pronto. Y ahí quedaron, cuneiformemente estampadas, como impulsos eléctricos que no pueden destrozar las neuronas golosas que reverberan una y otra vez aquellos refranes temibles que subrayaron nuestra infancia. Esas epifanías dichas por dioses que más allá del Olimpo llamamos "familiares" que nos atan y a los que arrastramos.
El agua de Heráclito diluye el poso pero han tenido que pasar muchos años para que cambie entera.  Será que llevo dentro el río. El río y no el agua. Será que no termino de conciliar los elementos, los múltiples elementos de mi cultura milenaria, que no es árabe, ni hindú, ni china, que sabe a tierra labrada, alfalfa para el ganado y sierras escarpadas. Que sabe a estepa y a luchas de Caín y Abel, de Dumuzi y Enkidu, a neolítico permanente. El agua que pasa sin terminar de amoldarse al cauce, tan pequeños los meandros que no me llegan como no me llegan los vientos, ocultos al oído tras la pasión de las cuerdas qué más da si son de violines, violas o guitarras.
Vamos a hacer la despedida sana, sola y centrada. Vamos a ponerlo fácil. Sólo tienes que dejar el bolígrafo al decidir la última palabra. ¿Cuál será? ¿Será que no tengo última palabra como no tengo perdón último? ¿Será que tras la pregunta se esconde un interrogante sin final?

1 comentario:

Cristina Crosby Casali dijo...

...Y yo que creía que en la cocina dejabas de pensar.