15 agosto 2007

muda

Cómo me siento:

Piel blanca de lobo
Esfera amenazada
Palpitar constante
Ritmo cardíaco
Sin ojos-con boca
Hielo derretido
Sombra perseguida
Actriz años veinte
Luna sentada
Letra sin nombre
Pez de espinas
Inocente sacrificio




(Víctor Mira)

08 agosto 2007

Yo marco el minuto

Ves como lo sabía yo

tengo lo que tú quieres...

30 julio 2007

déjame explicarlo


Agua es lo que siento
Agua calmada en copa
Ola paralela en faz quebrada

Agua que miente,
Agua mórbida



Y sumerjo los dedos en la superficie líquida
Y causo marea forzada, tormenta rendida viviendo despacio

Por ti siento agua,
Que eres pez dorado buceándome el fondo
Que lames de burbuja mi cadera, velándome sin prisa
Tú, pez callado con tres deseos mudos, yo, garganta tímida

Castillo de arena y nubes
Pasillos, pasillos de cuento por los que te busco gota a gota
Porque allí donde tú respiras, empieza a llover mi cuerpo





("Imágenes binoculares", Víctor Mira)

26 julio 2007

ausencias

No

las palabras no hacen el amor

hacen la ausencia

si digo agua, ¿beberé?

Si digo pan, ¿comeré?


(ALEJANDRA PIZARNIK)

el nido

Se despertó aturdido en mitad de un montón de ramas que crujían bajo su cuerpo. Miró hacia arriba, cubriéndose los ojos para evitar ser cegado por el sol y vio el cielo moteado por alguna nube solitaria. Ni rastro de vida humana. Solamente él, ramas entrelazadas y cielo. Trató de ponerse de pie y asomarse al borde para ver dónde estaba. Miró hacia abajo. Calculó con terror que una altura de unos 50 metros le separaba del suelo. Le entró el pánico. ¿Dónde estaba? Retrocedió gateando hacia el centro de las ramas, sólidamente tejidas entre sí. De repente se dio cuenta que mezcladas con ellas había plumas negras. Pero eran plumas de un tamaño descomunal, de casi un metro. Tardó en comprender que se encontraba en una especie de nido gigante, quién sabe de qué enorme animal, construido en la cima de un aterrador monolito. Debía seguir soñando o estar implicado, sin saberlo, en una broma de mal gusto. ¿Qué hacía él allí arriba tirado en un nido enorme sin posibilidad de bajar? ¿Quién le había subido allí?
Estaba mareado. El nido debía medir unos 5 metros de diámetro. Encontró un hueso sobresaliendo entre las ramas. Estiró de él y lo sacó con facilidad. Aún quedaban pedazos de carne putrefacta adheridos. Vomitó. Lo único que se le pasaba por la cabeza era escapar de ahí rápidamente y como fuera. Empezó a salir del nido que ocupaba prácticamente toda la pequeña cima de la montaña. Casi no encontró tierra donde posar los pies, pero se las apañó, agarrándose a las ramas, para indagar si había alguna posibilidad de descender por la roca. La cosa estaba complicada. Se iba a matar. Seguro que se mataba si lo intentaba, pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Si se quedaba sentado en medio del nido, lo más probable es que, tarde o temprano, llegase el bicho de plumas negras y no quería ni pensar qué iba a ser de sus huesos entonces. Había que largarse de ahí.
La montaña era muy escarpada y no tenía ni idea de cómo descender por ella. Le costó mucho dar el primer paso. No quería ni mirar hacia abajo pero comenzó a desprenderse lentamente. Las manos tardaron poco en empezar a sangrar. Se agarraba a las rocas con una fuerza desesperada, la que sólo se tiene en momentos de estrés, casi irreales. Incomprensiblemente, al cabo de unos metros, que le parecieron el camino de media vida, aún seguía vivo y descendiendo. De hecho, cada vez le daba la sensación de que descendía más rápido, y más y más… Pero nunca llegaba al suelo.
No sabía exactamente cuánto tiempo llevaba desprendiéndose por la piedra, sólo que el nido había desaparecido de su vista y que el cielo, antes cercano y brillante, se apagaba cubierto por un manto de colores opacos. ¿Se estaba haciendo de noche? ¿Cómo no podía haber llegado al suelo todavía? Siguió bajando y su cuerpo se volvía cada vez más y más negro. Más y más frío. Debía llevar horas descendiendo, muy lejos ya de la cima de la montaña y del horrible pájaro negro que sólo había visto con la imaginación. Pero no encontraba el límite donde desabrazar la piedra y comenzar a caminar en línea recta. ¿Qué podía hacer? No veía el suelo, pero tampoco el cielo. Se encontraba en una especie de limbo, rodeado de espacio, sólo espacio. No había nada. Sólo él y la roca.
Como le daba miedo soltarse y caer al vacío, decidió comenzar a subir de nuevo. A lo mejor había pasado de largo de la tierra firme, así que lo más sensato era desandar el camino y regresar a un punto suficientemente alto como para ver dónde se encontraba. ¿Quizá en el infierno? Comenzó a subir. Al contrario de lo que en un primer momento se había imaginado, ascender no le costó ningún esfuerzo. Subía con rapidez y con seguridad. Aquello debía tener truco. No era posible. Siempre había sido malísimo para el deporte y ahora, después de unas horas de práctica, se encontraba trepando riscos escarpados en una angosta montaña. Estaba tan, tan cansado, que no quería ni racionalizar ese extraño incidente que le mantenía pegado a la roca como si de un animal se tratara. A medida que subía, el manto del cielo iba difuminándose y volvió a aparecer el cielo azul brillante. Tenía que estar cerca, cerquísima.
Fue subiendo con cautela, procurando no sobrepasar el límite, el momento en que saltaría de esa piedra, se iría a su casa y no volvería a salir al campo en una buena temporada. Pero el suelo no aparecía por ningún lado y, sin quererlo, comenzó a ver el enorme nido encima de su cabeza. Creyó enloquecer. Estaba harto, eso no tenía ningún sentido. Empezó a descender otra vez pero ahora descendía como el rayo. Tras un buen rato deshaciendo el camino rehecho, la luz volvió a desaparecer. Encontró una pequeña fisura en la roca de la que manaba agua. Pegó la lengua a ella. Bebió. Cazó una pequeña salamandra. Se la comió. Estaba sudando, pasó la mano por su cara mojada por el esfuerzo. De repente, no se reconoció. Por un momento, no sabía qué estaba haciendo allí en medio de toda esa oscuridad, abrazado a la piedra húmeda y resbaladiza. Sólo quería luz pero no sabía dónde hallarla. Empezó a escalar instintivamente hacia arriba. Ya no sabía quién era. Quizá en algún momento de su vida fue humano, pero cualquiera que le hubiese visto ascender ágilmente por la roca, habría asegurado ver en él a un enorme lagarto hambriento. Subió, subió. Ya no le importaba desprenderse de la montaña, no le importaba el suelo porque ya no recordaba qué era tierra firme. Sólo sentía la seguridad de sus garras arañando la pared. Al cabo de un buen rato comenzó a sentir el sol, cada vez más intenso a medida que ascendía. Tenía hambre. Mucha hambre. De repente, vio el nido en lo alto y enloqueció, pero esta vez, de alegría. Sólo pensó una cosa: comida. A llegar arriba se agarró a las ramas y saltó dentro del nido. Se quedó quieto olisqueando, descansando. Olía a rica cena, ese posible pájaro gigante. Sólo había que esperar a que apareciera de un momento a otro y tener el banquete de la semana.

25 julio 2007

aprendiéndonos

Verse a uno mismo
Ver a los demás
Verse a uno mismo a través de los demás
Ver cómo se ven los demás a través de nosotros mismos

Hay muchas formas de conocerse pero están atadas a tantos puntos de vista...
Ultimamente pienso mucho en la simbología, en qué implica exactamente un símbolo en nuestra vida y hasta qué punto estamos ligados a lo abstracto para comprender el mundo que nos rodea. Lo increible es que, dentro de toda la simbología cultural compartida, hay una serie de subgrupos simbólicos que no se agotan sino hasta llegar al individuo. Nuestra forma de ver el mundo y, sobre todo, de valorarlo es simbólica.
Nos valoramos a nosotros mismos por los iconos que deseamos representar y valoramos a los demás en la misma medida, una imagen que personifica, de un simple trazo, todo aquello en lo que creemos, nuestro sistema de valores, qué es bueno, qué es malo y qué nos conviene. Somos todos unos aprovechados. Pero hay que serlo para sobrevivir. La dosis de egoismo, que no egocentrismo, es un ingrediente indispensable para empezar a cocinar una decisión.
Es una sensación muy bonita encontrar a alguien con quien se encaja. Es peligrosa, porque no deja de ser todo un juego de superposición de símbolos y ver cuánto se parecen. Pero mola encontrar a una persona que ejemplifica lo que estás buscando, aunque luego resulte ser un falso símbolo...

23 julio 2007

más golondrinas

Para hacer entender a sus alumnos el concepto de eternidad, un padre jesuita solía decirles lo siguiente: "Imaginad que la Tierra es de bronce y que una golondrina, cada mil años, la roza con un ala. Cuando toda la Tierra se haya desgastado de este modo, sólo entonces empezará la eternidad..."

Leyendo un libro sobre mitología descubrí algo curioso acerca de las golondrinas y, ya que estoy con el tema, me he puesto a indagar en el todopoderoso google y da la casualidad de que la golondrina es un animal que tiene relación con infinidad de mitos, cuentos populares y leyendas (los 3 son relatos ficticios, pero hay diferencias entre sí, aunque eso es otro post…)

-En el mito celta de Tristán e Isolda, cuando Tristán parte a buscar a su futura mujer, sólo posee un cabello rubio de Isolda que dejó caer una golondrina.

-Dentro del mito del Diluvio Universal, que despertó varios relatos míticos en diferentes culturas, la golondrina, junto con la paloma y el cuervo, ejerce un importante papel, puesto que Noé en el relato bíblico que data del siglo VI a.c, echó a volar estos 3 pájaros para descubrir si había tierra cercana a las insondables aguas donde el arca se encontraba inmersa.
En el poema de Gilgamesh, (siglo III a.c) también se menciona el diluvio Universal. Al igual que se describe en la historia de Noé, Utnapishtim libera una golondrina, un cuervo y una paloma para descubrir tierra firme.
En la mitología griega se recoge que Zeus decidió una vez acabar con los hombres mediante un diluvio. También aquí encontramos un ‘Noé’, en este caso llamado Deucalión, a quien su padre, el titán Prometeo, advirtió de la inminencia de la catástrofe. Para salvar su vida, Deucalión construyó un arca, la cual llenó de provisiones, y se hizo acompañar por su esposa Pirra. Fueron los únicos supervivientes.


-El mito del huevo cósmico como inicio del universo es una forma de explicación del génesis presente en varias culturas. Dentro de esta forma de creación, la golondrina aparece en varios países del sudeste asiático. Por ejemplo, en China este pájaro se encuentra en el mito de Jiandi, madre de Xie, el antepasado de Shang, la primera dinastía china. El nacimiento de la vida según la cultua china, está conformado en torno a la sempiterna dicotomía que comprende el mundo en base a “oposiciones binarias”. Un día Jiandi fue a bañarse con sus sirvientes en el río de la colina oscura. Un pájaro negro, probablemente una golondrina, pasó llevando un huevo multicolor en su pico. Lo dejó caer. Jiandi lo tomó y lo puso en su boca, pero lo tragó por descuido. Tras esto, concibió a Xie. En este relato, se trata de una forma particular de la unión de los dos principios cósmicos, puesto que este mito hace intervenir por una parte al agua y a la oscuridad, y por otra parte un pájaro. (El segundo principio hace referencia a la serpiente, pero el tema de los ofidios en la mitología también es otra historia...)


-Por otra parte he encontrado que, según la mitología irlandesa, si atas una flor a la pata de una golondrina, significa que se solicita la presencia del gnomo que la recibe. Si la flor es amarilla, el gnomo deberá montarse al instante en la golondrina y dejar que ella lo lleve hasta su destino.

-Según la mitología egipcia, Isis se convertía en golondrina mientras velaba el oculto cadáver de Osiris que descansaba en un aromático árbol en el palacio del rey de Siria.

- Una de las leyendas guaraníes que cuenta el origen de Añá (el demonio) dice que "una vez que Tupâ (Dios) hubo creado divinidades, genios, gigantes, monstruos y variedad de animales, puso a prueba a uno de sus actores: Aña, genio del mal. Hallándose Tupâ a orillas del Para (mar), bajo la forma de su criatura mas perfecta, el hombre, entretenido en hacer figuras de ñai'û (arcilla negra), que iba colocando en fila. De pronto surgió Aña con intención de destruirlas, pero antes de poder cumplir sus maléficos fines, Tupâ que aparentaba ser un simple mortal, dio unos palmoteos y en ese instante todas aquellas figuras inanimadas cobraron vida y antes de que Aña las alcanzara, empezaron a volar. Tupâ había creado al mbyju'i (golondrina).

-Por último, entre esta selección golondrinesca, no voy a olvidarme del Príncipe Feliz de Wilde y de cómo la golondrina le ayudó a desprenderse de las joyas que le engalanaban y dárselas a los más necesitados, convirtiéndole en un príncipe de verdad. :)

22 julio 2007

la golondrina

ayer, volviendo a casa del trabajo, vi a una golondrina enganchada en una verja. Pensé que quizá estaba herida así que bajé de la bici y la cogí. Era pequeñita y parecía estar bien a simple vista pero no sabía volar. La dejé en un césped vallado enfrente de donde la había encontrado porque la carretera está cerca y tenía miedo de que la pudieran atropellar. No sabía qué hacer y sólo se me ocurrió darle algo de beber. Así que subí a casa y cogí agua y pan. Cuando volví al césped, la pobre estaba quieta cerca de la valla. Le dejé al lado el pan y lo mojé con agua por si acaso quería comer algo. De repente vi pasar al lado un gato. Pensé que lo más probable es que terminara siendo la cena del próximo que pasara por ahí. Me daba pena dejarla sola. Eran las 9 y media de la noche y estaba apunto de anochecer. El césped donde puse a la golondrina es el de un centro de salud que hay detrás de mi casa y justo en ese momento salían de él dos hombres y una mujer. Probé suerte y les conté lo que pasaba esperando que me pudieran dar algo de información. Sé que es un pájaro y que a la mayoría de la gente no le va a importar lo que le pase pero a lo mejor podían remitirme a algún sitio de protección de animales donde llevar a la golondrina o hacer algo útil, cosa que a mi, desde luego, no se me ocurría. Mientras les abordaba, por un momento pensé que lo que iban a hacer era negar con la cabeza y seguir su camino. Sin embargo, uno de los hombres, un señor de unos 55 años, miró hacia donde estaba el pajarico y exclamó: "¡eso una golondrina!. No se va a comer ese pan porque comen insectos". Mientras decía esto y para mi sorpresa, se acercó al pájaro, la cogió y volvió con ella temblando entre las manos. Me dijo que probablemente se había caído del nido porque era pequeña, que estaba punto de volar pero que sola no sabía cómo y que, de haber estado en el campo, sólo tendríamos que lanzarla hacia arriba para que pudiera aprender. Pero como no estabamos en el campo, lo mejor era dejarla en un punto alto y esperar a que sus padres la fueran a buscar al día siguiente. Me sentí aliviada y me alegré de haber preguntado. Le dije que me sentía afortunada por topar con alguien que entendía del tema y sonrió y me contestó, "hombre, ¡es que soy ornitólogo!". Flipé de la casualidad. Además de no haber conocido nunca a un ornitólogo va y me encuentro uno justo cuando lo necesito. Ya empezaba a anochecer. Dejamos a la golondrina en lo alto de un seto y me dijo que lo único que quedaba era esperar al día siguiente. "Ahora es la hora de los murciélagos, no de las golondrinas", se reía. Y se alejaron los tres.
A las 7 de la mañana, volviendo a casa y ya con luz, me acerqué al seto. La golondrina ya no estaba. Esperemos que haya aprendido a volar.

16 julio 2007

en construcción

Paladeo y linóleo, brilla lenta superficie
Paladeo sin prisa, gira lima en radios huecas
Porque soy crisálida auspiciando vientos
Porque piedra a piedra de cartón quebrado
Construyo mi casa,
Tu casa,
La nuestra

Donde las puertas sean palabras
y las ventanas, vías de escape
puntos de mira,
de calma,
de tiempo
espacio creando o brisa intacta

con el mismo hierro, paladeo
con el mismo polvo, testamento libre

Labro en tu mente este arado
fértil te beso,
.........................................................

12 julio 2007

3) El ansia

Vamos a jugar a los dados para a ver quién corta el pastel. Y luego nos chuparemos los dedos. Tú los míos, yo los tuyos. Todo para decidir quién se lleva la mejor parte, aunque los dos sabemos que eso no es lo importante. Porque lo verdaderamente divertido no es obtener el pedazo más grande y más dulce, sino tirar de esta cuerda que nos une, ponernos a prueba. Ver quién puede más, quién es más listo o más tenaz. Quién llora antes.
Vamos a echarnos a suertes el rumbo ofidio de los labios, la actuación estelar, el primer premio de pies descalzos. Vamos a dejarlo todo en manos del azar. El único modo de tornar diáfanas las elecciones que nos han empujado a vivir en un calendario que todavía no existe. Tú, yo y las eses de la cascada. Tú, yo y las seis caras del estío.

11 julio 2007

2) La comodidad

He dejado el esfuerzo a un lado, el negro esfuerzo, porque el esfuerzo siempre es negro. Desde el mismo momento en que los pies descienden de la cama y se aferran al suelo, torna negra baldosa agrietada. Y el peso no soporta su propio peso porque, a veces, las emociones traspasan básculas sin futuro.
Camino redondo al jardín del sol, donde se difumina la lóbrega bruma. Tedio balanceo sobre la tecla sin letra, esa que nunca llego a pisar del todo, la letra prohibida que no engaña a nadie, la que describe con precisión qué hay de piedra en todo este agua. Y ríos de tinta como mechones de pelo. Y ser gata en todos los tejados. Y apuntalar los cimientos con vergas de papel que son barro entre mis piernas. Piernas de mujer medio niña, medio arco de seno rendido.
Dejar el negro esfuerzo a un lado y después, inmersión en la confianza. Soy cebo de pez pasajero. El anzuelo mordaz, la espina que no duele, presa depredadora con piel y escamas. Siempre perseguida. Siempre sin esfuerzo. Esfuerzo negro, esfuerzo inútil.

10 julio 2007

1) El reposo

Me he desangrado en decisiones, en señales de tráfico que no enseñan
Pero sigo teniendo corazón. Corazón rojo o quien me quiera.
Escondida y tanta sangre, ansía el reposo recodos libres,
Surcos arando vaginas, temblor sobre las hojas.
Me he quedado vacía después del intermitente, del tic tac indefinido
Pero sigo teniendo corazón.
La indiferencia fría y mi cansancio,
descubro que la perfección sólo existe en el instante.
Por eso vasija que duda en las manos, mitad libro abierto, mitad mentira.
Núcleo de sangre que adora, herida abierta siempre amando.
Por eso hasta el fin de túnel, sigo teniendo corazón.

09 julio 2007

Cumple años feliz


Al Magnus

03 julio 2007

verte verano

Desde que te conozco soy malvada. Desde que te conozco a través de la piel, ese reducto de poder que nos envuelve, la explosiva autoridad interna que exige abrazos, desde ese momento, me he vuelto cuervo sin ojos, estómago eterno. Y sólo pido besos y sólo bebo “tú”.
Desde que te conozco estoy más cerca del manto real del sueño y es real el dolor que infrinjo, porque es el mismo que ha causado tu ausencia. El dolor que sabe del no-retorno, el que conoce lo que significa “pérdida”, al que recurro en silencio tratando de anudar días como flechas.
Ahora y la exigencia demostrada, que sonríe lánguida ante la perfección que me rodea.
Ahora y el sudor lento de verano, los ojos del deseo,
goteo de estrellas en la cama.

28 junio 2007

Quemando etapas

Hoy es el final de muchas cosas. El final abrupto que llevo cocinando a fuego lento varios años. Podría haber sido diferente, podría haber sido más doloroso o, simplemente, menos triste. Pero las cosas son como son y a veces es mejor no hundir dedos en llagas propias. Hay transiciones que es mejor realizar sin pensar demasiado en ellas. Me espera por delante un día muy largo y quiero dejar constancia de esta sensación de papel en blanco que se extiende ante mi para las próximas 24 horas. Inconclusa, esbozo de verano. Es así como me siento. Inconclusa y contrariada.
Mañana empieza una vida nueva. Siempre una vida mejor. A eso se le llama optimismo; a lo que dejo atrás, pasado.

Me voy de Madrid. ¿Punto y aparte?

21 junio 2007

La muerte de Margarita Barquillo (II)

Si había dos cosas que Juan Argüelles odiaba en este mundo eran, sin duda, uno, el café frío; y dos, las bombonas de oxígeno. Estas manías irrisorias a simple vista, cobraban en la vida de Juan una particular importancia. El café frío no le molestaría tanto si fuera un suceso puntual, por ejemplo, un café frío tomado con prisa en cualquier cafetería normal y corriente del centro. Sin embargo, él tenía la mala suerte de tener que tomarlo frío todos los días, cosa que le ponía de mal humor ya para el resto de la jornada. La culpa de este desafortunado desayuno la tenía Marisa, la camarera de la única cafetería de los alrededores abierta a la hora en que Juan salía de su casa en dirección al trabajo. Nunca se explicó cómo se las apañaba Marisa para olvidarse siempre de calentar la leche antes de servirla en el café. Y mira que se lo había advertido veces, pero nada. Siempre se hacía la distraída y se excusaba con una sonrisa enorme que no encajaba entre las caras pálidas y somnolientas que a esas horas se acercaban a la barra. Juan llegó a pensar que lo hacía aposta y eso era algo que le irritaba aún más, si cabe, que la segunda manía, las bombonas de oxígeno.
Juan era repartidor de bombonas de oxígeno. De enormes, pesadas e interminables bombonas que tenía que transportar diariamente, y a pulso, a domicilio. Las más pequeñas, con una semana de duración, rondaban los 70 kilos. Las más grandes, los 100. Estaba harto de las malditas bombonas. Siempre que llegaba a alguna casa, llamaba por el interfono y, al escuchar el habitual “¿quién es?”, repetía casi sin pensar, “el del oxígeno” de una forma tan patética que hacía tiempo que había perdido su significado. Juan Argüelles era conocido como “el del oxígeno” por un número mayor de gente de la que sabía su nombre y apellidos. La verdad es que estos últimos no eran muchos. Más bien se podría decir que Juan estaba prácticamente solo. No es que eso le importase demasiado ya que él nunca había sido muy sociable, pero, cuando se ponía a pensar en ello, descubría, no sin cierta rabia, que probablemente, si algún día desapareciera del mapa, las únicas personas que le echarían de menos serían aquellas que le conocían con el sobrenombre de un gas. Por eso probablemente seguía acudiendo todos los días a la misma cafetería a pesar del café frío. Al menos, Marisa le llamaba por su nombre.
Las personas a las que solía ir a repartir eran, por lo general, enfermos y ancianos enfermos. Había en particular una clienta a la que Juan odiaba casi tanto como a las malditas bombonas. Su nombre era Margarita Barquillo y, a juzgar por “el del oxígeno”, a simple vista, no tenía pinta de necesitarlo. Era una mujer enjuta, de unos 80 años pero bien conservada, pensaba Juan. No parecía estar mal de salud, al contrario. Tenía una voz desagradable y chillona que simulaba estar obligando continuamente a quien la escuchaba. Además, en vez de la chica joven que trabajaba en la casa, una tímida chica ecuatoriana, siempre era Margarita quien respondía al interfono y le recibía en la puerta. De ningún modo parecía necesitar reposo en la cama a pesar del dolor crónico del pecho y malestares de los que siempre se quejaba a voz en grito, arrastrando unos lastimosos gemidos que Juan ya oía retumbar mientras subía por el ascensor.
“¡Cómo has tardado hoy! A ti no te importaría que me muriera, no. Si es por ti, ya puedo estar aquí agonizando durante toda la mañana”, le espetó un día la Barquillo, o la “vieja asmática”, como la llamaba, quizá por venganza, “el del oxígeno”.
"No sea exagerada, señora, que antes de que eso pase tiene usted aquí en la puerta a toda la comunidad si se les pone a gritar como me grita a mi", le habría gustado responderle. Pero Juan no llegaba nunca a contestar a la vieja asmática de esa forma altiva que tantas veces había imaginado. Se quedaba callado, un tanto cohibido por aquella mujer envuelta en bata de franela rosa que le miraba como si le estuviera perdonando la vida constantemente. Un día de estos, se decía, le respondería como es debido y la pondría en su sitio, sí señor. “Esa mujer necesita que alguien le baje los humos”, pero, por el momento, Juan Argüelles prefería realizar la transacción de bombona-dinero diligentemente para perder lo más pronto posible de vista a Margarita. Simplemente, no se sentía cómodo a su lado. Le recordaba a sor Ignacia, una monja del orfanato en el que se crió. Era una prelada de nariz aguileña coronada por unas pequeñas gafas redondas que se paseaba por el patio de recreo con una inseparable regla de madera en la mano. Fueron muchas las veces que Juan pagó en exceso los arranques de disciplina que tan a la orden del día ejercía la religiosa. Permaneció en el mismo centro hasta los 15 años, y, en ocasiones, achacaba a sor Ignacia su prematura decisión de abandonar los estudios. “Y ahora, tengo que encontrarme todas las semanas, quiera o no, con su hermana gemela, ¡hay que joderse!”, pensaba durante el café frío de los lunes, día de reparto en casa de la vieja asmática.
Vivía en una casa enorme. Debía estar forrada, la tía. Tan sólo había recorrido el pasillo en dirección al dormitorio de Margarita pero se notaba que en esa casa había dinero. Solamente la suma de reliquias y antigüedades podría alcanzar una buena cifra, pensaba mientras, en el traslado de la bombona, dirigía miradas distraídas al mobiliario de la casa. “Y son dos hermanos solteros, así que lo que tengan es todo para ellos, si es que en realidad tienen algo”, cavilaba en ocasiones. Margarita y su hermano parecían estar tan solos en el mundo como él mismo. Y era probable que, tratándose de personas tan mayores, sin descendencia ni amigos, nadie notase su ausencia, si, por cualquier desgraciado infortunio, desaparecieran algún día...

19 junio 2007

La muerte de Margarita Barquillo (I)

Aquella mañana Nereida llegaba tarde a trabajar. Era domingo, apenas las 10 de la mañana y llovía como si la tierra quisiera beberse el agua del cielo de un solo trago. No había nadie por la calle y el paraguas de Nereida bien parecía una balsa de plástico perdida en el asfalto de Madrid. “Mierda de trabajo”, no dejaba de pensar mientras sus pies se dirigían automáticamente hacia la casa donde tenía que ir todos los días desde hacía ya un año y medio.
Se conocía el camino de memoria, casi los pasos exactos desde la boca de metro hasta la puerta de entrada. Sí, la verdad es que el trabajo, decían sus compañeras de piso, no estaba nada mal. Claro, ellas no sabían nada aparte del simple hecho de que cuidaba a una mujer de 79 años y su hermano de 83. Los dos solteros, los dos mayores. Y ella les hacía de madre, según bromeaban sus compañeras. Según Nereida, en realidad les hacía de criada. Cómo odiaba a esa mujer, sus gritos imperativos, sus desdenes. La altanería de señorona que, aunque ahora vieja y caída en desgracia, nunca desparecía. Ese rictus rancio de clase alta que aún permanecía en su rostro, del mismo modo que todavía impregnaba las paredes de papel macilento de la casa, despidiendo olor a soledad y pasado.
Habían sido una familia importante los Barquillo. Allá por los años de posguerra, el padre de Margarita y José Barquillo reunió una considerable suma de dinero gracias al estraperlo y fue con esa cantidad que se compró el piso en Chamberí, en el centro de Madrid. Sacó a su familia del pequeño pueblo toledano y se fue rumbo triunfante a la gran ciudad en un lujoso coche que había alquilado expresamente para la ocasión. Al cabo de los años, había reunido una gran fortuna que heredaron intacta ambos hermanos. Y como los dos eran solteros, y de “poco gastar” según la propia Margarita, Nereida sospechó durante mucho tiempo que la suculenta cuenta de los Barquillo debía estar bien guarecida en las arcas de algún banco. Sin embargo, una noche de tantas que a José le daba por inclinar demasiado el codo y recordar tiempos mozos, este le confesó que la herencia no estaba encerrada en ningún banco. “A Margarita nunca le dieron confianza todas esas urracas de cuello blanco”, balbuceaba mientras apuraba el wiskhy con hielo. “Siempre dijo que donde mejor estaría el dinero sería cerca de ella, en la casa que la vio nacer”. Desde aquel día, Nereida se preguntaba en qué parte de la casa habría guardado la vieja bruja la fortuna familiar.
Margarita Barquillo nunca había tenido amigos, ni novios, ni amantes. Sólo un hermano alcohólico y despreocupado del que cuidar, aunque realmente nunca ejerció el papel de hermana abnegada que ella recalcaba siempre que tenía la ocasión. La única persona de la que se había preocupado en toda su vida era ella misma, pensaba Nereida para sus adentros cada vez que a la Barquillo le daba por ir de madre Teresa. Si hay que ser jueces de esta historia, nadie negaría que la pobre Nereida era demasiado buena para los dos hermanos. Algunas veces, mientras Margarita, voz en grito, le ordenaba planchar mejor las camisas de José, Nereida pensaba bajito en si los vecinos estarían escuchando las órdenes tan estridentemente como ella. Era de Ecuador, tenía 23 años y un peso grande en el pecho que no se iría sino con los papeles y el posterior abandono de la casa de los Barquillo. Pero de momento tenía que aguantar, o al menos, eso creía ella inocentemente. Muchas noches soñaba con matarla. A José le dejaría en paz. No soportaba la visión de su baba cayendo mientras le daba de comer, ni su olor a alcohol rancio, pero, a pesar de todo, ambos tenían una cosa en común: odiaban a Margarita. Sin embargo, a ella, pensaba Nereida en sueños, la mataría sin remordimientos una y otra vez. ¿Quién la iba a echar de menos? Nadie. Ni siquiera su hermano, de eso Nereida estaba bien segura. Le clavaría el cuchillo de cocina tantas veces como hiciera falta para que esa maldita vieja dejase de gritar y de comportarse como la dueña del mundo. Había días en los que realmente no podía más. Y ese domingo, bendito domingo, era uno de esos días.

17 junio 2007

indiferencia

me da igual pintar los colores porque la lluvia puede con todo,
puede con todo y los borra a medida que los pinto
los arrastra calle abajo formando charcos de crema

la lluvia puede con todo
con mi ínclita sonrisa de grapas, con las pisadas solitarias del metro,
puede con este palpitar que ni siquiera es mío
con las palabras que sólo se piensan, con aquellas que jamás decimos

me da igual este arco iris que no termina de descansar en el cielo
nube a nube cayendo espesa, vomita la lluvia sobre el pelo mojado
y me da igual porque no me importa el reposo, porque mato el conformismo
porque puedo caminar sólo si quiero para después decir que lloví descalza

no me importas tú ni el diluvio que te anuncia
no me importas tú ni las disculpas desbordadas
desde el principio de un nuevo vacío, marco el fin de los amores tormenta

14 junio 2007

extirpar

La confianza es débil de horas, pálida que me envidia y cierra la puerta al reposo de los latidos
La confianza se quiebra desde el vientre, sembrando castigo para curiosas sin remedio, deshaciéndose, tan rápida, tan juez del que llora

Desconfío de la certeza que regalan los minutos
De las emociones en rebajas prometiendo sin cartera
Desconfío desde la sangre que me aconseja anciana
Que me exige de inmediato una matanza,
Un doliente genocidio de ilusiones

07 junio 2007

Re-cortada

Atalaya llegó a casa y cerró la puerta de golpe, como queriendo dejar fuera con aire indolente todo lo que tuviera que ver con el exterior. Lanzó el sombrero al sofá de la entrada y, de camino a la cocina, decidió dejar de pensar durante esa noche.

En la calle hacía frío. Una temperatura poco corriente para principios de septiembre. Mientras abría la nevera, Atalaya recordó la voz del hombre del tiempo el día anterior anunciando una ola de frío. Se encogió de hombros y abrió el brick de zumo de melocotón y uva del Día. “Por mi como si graniza: no pienso salir...”. Eran sólo las 9 de la noche, estaba sola en casa y lo único que le apetecía de veras era comer chucherías y ver una peli... Sonaba tan típico que le entraron ganas de llorar.

A Atalaya le gustan las gominolas rojas. No sabe porqué, pero solamente le gustan rojas. Es consciente de que todo es cuestión de colorante, pero no puede evitar sentir un sabor diferente si se lleva a la boca una gominola que sea de otro color. El verde, por ejemplo, siempre le sabe a manzana; el azul, a piña... Un día decidió que el rojo era el que más le gustaba de todos. Según Atalaya, es el que sabe a más cosas a la vez. Así que, para iniciar su tranquila noche de viernes, bajó a la calle dispuesta a comprar una bolsa repleta de deliciosos dulces rojos. De pequeña, la primera vez que escuchó la expresión “endulzar la vida”, lo creyó tan literalmente, que está convencida de que eso sólo se consigue espolvoreando azúcar regularmente por la cabeza o, en su defecto, comiendo gominolas rojas. Si siempre le había funcionado, esta vez no podía fallar.

En ese mismo momento, una motocicleta azul está esperando a que cambie el color del semáforo en la calle Ríos Rosas. En cuestión de segundos, esa misma motocicleta girará hacia la derecha por Ponzano y en el paso de peatones atropellará a Atalaya Sinabrigo. El momento del siniestro sucede, exactamente, a las 21.04, según advertirá más tarde al SAMUR una pareja de ancianos que paseaban a su perrito por la calle. “Pobre chica, se quedó allí tirada como muerta”, se lamentaba la viejecita mientras acariciaba al animal.

05 junio 2007

historia de una noche

Aquella piel sabía a limón, recordó mientras terminaba el café. Hacía ya varios meses que no le veía, pero siempre que evocaba esos días que pasaron juntos le venía a la cabeza el sabor de su cuello. Tenía la piel suave. Aunque quería volverle a ver, nunca se atrevió a llamar tras la despedida. ¿Para qué? Apenas hablaron ni intimaron como se supone que hacen dos personas encerradas en una cama durante una semana. No compartieron secretos, ni descubrieron aficiones comunes. Lo suyo fue puramente sexual y ella lo supo muy bien desde el principio.
Cogió la mochila y salió a la calle. Había quedado en el dos de mayo con Clara y llegaba tarde así que decidió entrar en el metro. Como tenía 3 paradas por delante sacó un libro y se puso a leer. Odia los momentos muertos en el tren. Al salir a la calle recibió un mensaje. Era de su amiga. Se había encontrado con Marcos en el parque y lo sentía mucho pero se iba a ir con él porque tenían mil cosas que aclarar. Miró el reloj. Eran sólo las 10.30 y en la salida del metro de Tribunal ya había gente esperando. "Todo el mundo queda aquí" pensó mientras miraba a los grupos de jóvenes con las típicas bolsas del súper llenas de calimocho. La calle estaba bastante llena. No reconoció a nadie y siguió camino del dos de mayo, "aunque sea por darme un paseo", pensó.
Fue bajando la calle la Palma cuando le vió. Estaba dentro de un bar, sentado en una mesa que daba a la ventana... sólo. Se puso nerviosa y se paró en seco. Como tardaba demasiado en decidirse a entrar, estuvo a punto de dar media vuelta, porque no soporta enfrentarse a este tipo de situaciones sin espontaneidad. Terminó entrando. Al fin y al cabo, no iba a dejar pasar la oportunidad.
Él era muy tímido y no se dijeron gran cosa el uno al otro. Se limitaron a mirarse con una sonrisa estúpida en los labios y, después de una cerveza, se fueron a esconder a otro bar con bastante más ruido y menos luz. Fue entonces cuando comenzó el juego en el que él se esconde y ella le llama. Cayeron caricias derretidas, bailaban cada vez más cerca. Al cabo de unas horas estaban tan borrachos y había pasado tanto tiempo, que ella no recordaba bien el camino hasta su casa cuando cerraron el garito y salieron a la calle. Lo que sí recordó una vez en ella fue el tacto de su espalda, el olor de su cuello. Tras todos esos meses no había olvidado la presión exacta que sus manos, fuertes y amplias, ejercían sobre su cadera, ni esa forma de follar que le hace irresistible, ni los ojos azules de naúfrago. Más tarde, mientrás él dormía, se dedicó a memorizar su cuerpo, blanco y perfecto. Aprendió las líneas y curvas, excitántemente exactas que bordean su torso y aspiró el borde de sus labios, rozándolos levemente con la lengua.
A la mañana siguiente ella le besó con un beso de despedida que contenía todos los besos inventados. Se lo dió despacio pero sólo le dió uno. Era un beso triste. Quién sabe cuándo se volverán a ver.

estoy megalcohólica


Retornar a la melancolía siempre es dulce. El camino de vuelta se hace cada vez más familiar mientras la sensación de nube se apodera del espíritu. Pero la dulzura que transmite la melancolía no sabe a caramelo. Es una dulzura espesa y se agarra al estómago con fuerza. Su poder es tan intenso, que anega el paladar y prohíbe otros sabores mientras permanece en él. Qué camino tan interesante el recorrerse a una misma. Camino de ida y vuelta.


me gusta bajar al Hades de puntillas para prenderme en los ojos una fugaz mecha de pena
después robar la cama, ser princesa de sólo un cuento, abrirme a las dudas con rabia
y pasear por las ventanas que acecho, asomándome al balcón del deseo como quien mira el mar en un cuadro,
sentirme pequeña de regaliz cada vez que pierdo la mirada en las vías...
me gusta aprenderme de memoria el ciclo imperfecto, aquel en el que siempre termino herida y el mismo en el que hiero
matando, inocente, corazones con las manos
y saberme errante camino al Hades
con un puñal de melancolía arañando el pecho

27 mayo 2007

Náusea

Qué es peor, ¿la incertidumbre o la decepción? O lo que es lo mismo: qué es peor, ¿la espera o un final inesperado?

Amelie no puede hablar

¿Cómo se puede borrar algo que nunca se ha escrito? Últimamente muerdo las letras antes de escribirlas. Por culpa de la impaciencia, por tener el teclado atado a las manos sin magia ni hilo invisible. Por tener mucho tiempo libre para ocupar escribiendo y borrando. Cambiando verbos, preposiciones. Ahora sin adjetivo, ahora con duda, odiando el plural (o plurales). Muchas veces borrando todo lo escrito. Eliminando el rastro fugaz de las palabras con sólo un botón. Y siempre con la dulce impaciencia bailando en la yema de los dedos.
Releer desde la primera lectura; perseguir la frase perfecta; encontrar la secuencia exacta de palabras que logren transmitir fielmente la idea por la que, a su vez, han sido creadas.
Escribir es como realizar un puzzle infinito. Prescindir de una sóla palabra implica encajar de nuevo todas las demás y ese ejercicio de paciencia requiere tiempo. Por eso me encanta escribir con calma y dedicarle a cada frase el tiempo necesario, aunque luego termine borrando el fruto del esfuerzo sin miramientos.
Primero hay que pescar la idea o el pececillo escurridizo que navega por dentro de la cabeza y, después, una vez que está bien atado, hay que darle forma a través de las palabras. Paradójicamente, esa es la única forma de alumbrar de nuevo a la vida al pobre pez-idea. Es una pena que haya tan pocas palabras (y cada vez empleamos menos en la vida cotidiana) y que muchas de ellas sean insuficientes para devolverle a la idea su forma original. Estoy escuchando Amelie. Es tarde. Me gusta disfrutar de la soledad y escribir cosas sin sentido. Borrarlas.

24 mayo 2007

Yalal ad-Din Rumi

A propósito de un trabajo que tengo que hacer sobre la poesía de Rumi, dejo caer por aquí algunos versos del genial místico sufí, fundador de la orden de los derviches o girovagos. Animo, a quien le pique la curiosidad, a indagar más sobre el llamado "maestro de maestros".


Cuando estoy contigo, estamos despiertos toda la noche
Cuando no estas, no puedo dormir
¡Que Dios bendiga estas dos insomnias!
y la diferencia entre ellas
-
Durante años, copiando a los demás, traté de conocerme
Desde dentro no podía decidir que hacer
Incapaz de ver, escuche mi nombre
Luego, salí afuera
-
En las adoraciones y bendiciones de los hombres rectos
Las alabanzas de todos los profetas están amasadas juntas.
Todas sus alabanzas se mezclan en una corriente,
Todos los vasos se vacían en una sola jarra.
Pues El que es alabado es, de hecho, solamente Uno,
En este sentido todas las religiones son sólo una religión.
Porque todas las alabanzas están dirigidas hacia la luz de Dios,
Sus numerosas formas y figuras están tomadas de ella.
Los hombres nunca dirigen sus alabanzas sino al Ser considerado digno,
Se equivocan a través de opiniones erróneas de Él.
Así, cuando una luz cae sobre un muro,
Ese muro es un eslabón en conexión entre todos sus rayos;
Sin embargo cuando arroja ese reflejo de nuevo a su fuente,
Erróneamente muestra lo grande como pequeño, y detiene sus alabanzas.
O si la luna se refleja en un pozo,
Y alguien está pretendiendo alabar a la luna,
Aunque, por ignorancia, mira dentro del pozo.
El objeto de sus alabanzas es la luna, no su reflejo;
Su infidelidad surge del error de las circunstancias.
Ese hombre bien intencionado está equivocado en su error;
La luna está en el cielo, y él la supone en el pozo.
Por estos falsos ídolos la humanidad está perpleja,
Y conducida por vanas codicias a su dolor.

21 mayo 2007

interminable

atenta al baile del duende lisérgico que paso a paso baja al pozo
piedra a piedra, resbalando y ríe el duende mirada caramelo
atenta al gris de la música que suena
al metal estridente que rompe el suelo
dientes de espuma, pies de plomo
genocidio de relojes en la puerta de salida
rodillas quebradas las del duende lisérgico
espasmos en vela para mentes en blanco

18 mayo 2007

vía libre

"LA ÚNICA OPCIÓN ÉTICA ES EL DESEO"

lucy in the sky with diamonds

Cuando volví a abrir los ojos, la cometa de colores comenzaba a descender peligrosamente precipitándose hacia los arbustos de la orilla del río. Parecía un exótico pájaro herido cortando el viento sobre el azul del cielo. La chica que la manejaba tiraba del hilo con fuerza, viendo venir el inminente desastre de la cometa atrapada en las ramas. No pudo hacer nada por detenerla. Por más que estiró del hilo, el viento terminó empujando al pájaro de mentira de vuelta a la tierra. La chica se acercó a la orilla y comenzó a desenredar el hilo hábilmente atrapado en las espinosas ramas del arbusto. Volví a cerrar los ojos.

20 abril 2007

el olor de la menta

A aquella hora el zoco está siempre abarrotado. Nada más cruzar el arco de la antigua muralla, se encuentra la calle principal y, de repente, el goteo de gente se vuelve denso. Empieza a ser difícil caminar sin tropezar constantemente con alguien o meter el pie en algún socavón o charco de la calzada.
Inmediatamente, la chica se siente sobrecogida por una intensa ráfaga de olores y se abraza más fuerte a la cintura del chico. Son una pareja extranjera y, aunque están mezclados en la inmensidad del zoco marroquí, se les distingue claramente entre la multitud. Ella tiene el pelo largo y los ojos verdes. Es joven y bonita. La camiseta de tirantes deja ver sus blancos brazos y los hombres que pasan a su lado la miran descaradamente. Él es alto, rubio. Tiene el pelo largo y enredado. La navidad pasada decidió dejar de peinarselo. Le cae por los hombros acentuando la expresión aniñada de su rostro. Hacen buena pareja.
Los dos extranjeros caminan lentamente entre la gente y observan el bullicio como si fueran dos personajes ajenos al escenario del zoco, pasivos espectadores de una película muy real. Observan los puestos ambulantes de pan recién hecho, los de apetitosa fruta, las piezas de carne despedazadas tendidas al aire. Los aromas se mezclan con el ir y venir de las personas. A veces, canela; otras, intenso curry y, siempre, acompañándoles, el rastro del olor de la menta.
La vida en el zoco es rápida. A menudo tienen que apartarse del camino para evitar ser atropellados por algún carro o bicicleta temeraria. Sin embargo, él camina despacio, como si llevase el peso de toda su vida en las piernas, como si fuera consciente de su existencia a cada paso. Camina y parece tan seguro de sí mismo… Ella le mira y sonríe. Aprieta su cintura con la mano y se deja contagiar por ese ritmo lento. Cierra los ojos. Abrazada a la camisa de cuadros del chico rubio se siente segura, así que decide no volver a abrirlos. Atraviesa el zoco a oscuras pero con los demás sentidos más despiertos que nunca. Tacto, oído, olfato. La sensación es tan intensa que, por un momento, desea no salir de ese universo de sentidos redescubiertos.
Minutos más tarde, en una playa cercana, una ola termina empapándoles de agua. “El mundo es algo mágico”, le dice ella justo antes de encontrar una triste concha blanca.

18 marzo 2007

esfera paralela

¿en qué instante soy esfera y en cuál me torno mapa?
bola mágica en la mano, ardid del tacto eterno
no soy sino piel plena rodando
-
y me aferro a tu espalda giróvago del tiempo
y hundo curva aspiro aliento:
como pieza puzzle en tu colmena
sólo piel plena rodando

12 marzo 2007

naufragio en la cocina



veo caer, lentamente, la última gota que derrama el vaso
flota comiéndo aire, este leve azul de agua
veo lago lamiendo el borde, suicidio colectivo en la encimera
mientras lo inevitable roza el suelo, vuelve lluvia sobre mojado
("Imágenes binoculares", Víctor Mira)

08 marzo 2007

vinculante

condicional me sabe amargo
como sacrificio de reloj a mediodía,
cuando resuena el tambor de sangre
y nadie quiere asumir pecados

¿y si los dioses no admiten reglas?

condicional lee en mi las agujas
el fino metal que rompe pieles
punzando sobre la sien con hierro encendido
no es si no cláusula de la Reconquista

me llevan con ellos, por el desagüe, todos los pactos firmados

03 marzo 2007

vaya tela el corán

Es normal que no suene extraño todo aquello que alguien pueda decir con más de un par de copas en el estómago. Y es aún más normal que, después de un largo día, el resultado de nuestras divagaciones alcance límites insospechados tras ese famoso par de copas solitarias. "El tiempo es una mierda". Fin de la divagación.
Hoy ha sido un día realmente largo, así que no es mala idea terminarlo tranquila, bebiéndome una copa, agradablemente recostada sobre mi cama gigante y mi teclado, siempre tan atento. En estas últimas 24 horas he sido víctima de una revolución emocional: todos los estados de ánimo posibles se han batido en duelo para acaparar una posición dominante en el trono de mi cabeza. Al final he ganado yo, la chica normal y corriente; la que hoy no tiene ni porros ni compañía en las primeras horas del sábado. A un lado el Corán y, al otro, ron negrita. Menuda blasfemia. 100% "haram".
Dentro de 3 semanas me voy a Marruecos. Esta va a ser mi 3ª visita a "al magreb". Mi madre pregunta que si no tengo más países que visitar. La pregunta está mal formulada, porque, en realidad, debería preguntarse "qué países no quiero visitar". Voy a ponerme a hacer una lista mental antes de dormir.
Mahoma es un personaje muy curioso. Espero aprobar mística islámica. El profesor no me ha dado muy buen rollo, la verdad. No es mal tío tampoco, y creo que voy a aprender (lo más importante en esta historia, ¿no?) pero acostumbrada a la ineptitud de los "renombrados" profes de mi facultad, los de filología árabe parecen, más bien, "profesores de verdad". Acojona, ¿eh?
No entiendo a las grandes religiones monoteístas. Judaísmo, cristianismo, islám. Son tan parecidas en tantas cosas que dan ganas de vomitar. Menudo fraticidio. ¿Realmente somos tan influenciables? Nosotrxs, educadxs en la religión cristiana, sin tener, en la mayoría de los casos, ni puta idea de lo significa, teniendo prejuicios contra una religión con la que hemos convivido siglos... ¿Algunx de nosotrxs tiene idea de en qué se basa nuestra propia religión? ¿Cómo podemos ponernos a juzgar cualquier religión existente? Hay demasiados temas sobre los que autoreflexionar como para pararse a analizar la viga en el ojo ajeno.
Voy a seguir con el Corán un rato antes de acostarme, a ver si, encontrando aún más puntos de conexión con mi cultura, descubro alguna pista...
Vaya por dios! (nunca mejor dicho) se me ha terminado el cubata...

01 marzo 2007

viéndolas venir...

Algunas personas ejercen un extraño papel en nuestras vidas. Son aquellas que se cruzan en el camino sin cumplir una misión determinada, como puestos en medio de los acontecimientos por azar: ligados irremediablemente a nuestra historia a través de contactos fortuitos cuyos hilos sólo pueden ser manejados por algo más grande que la voluntad humana. Algo que muchos llaman "destino" y, otros tantos, más escépticos, llaman "suerte".

Estas personas son los verdaderos secundarios de la película. Son marionetas de repuesto que el cuentacuentos emplea como último recurso, cuando, por ejemplo, se ha quedado sin cuento que contar, o bien cuando el resto de muñecos está ocupado representando otras funciones. Es en ese instante cuando el cuentacuentos repara en la pequeña marioneta olvidada en el fondo del baúl y la hace entrar en escena. Hay personas que son así. De vez en cuando asoman la cabeza tras las bambalinas, se dejan ver, dan un paseo más o menos escandaloso por el escenario y se vuelven a ocultar a la espera de lo que, o bien el “destino”, o bien la “suerte”, quiera disponer.

Hay personajes que entran y salen del guión sin que nosotros podamos decidirlo. Cuando todo lo externo, todo lo ajeno a las propias decisiones conjura en una dirección determinada, es mejor relajarse en la butaca y ser espectador. Si es verdad que cada uno tiene su papel en este teatro, dejemos entonces que cada uno lo represente libremente. Mantener una puerta abierta al exterior nos puede reportar muchas sorpresas. Aunque estas marionetas tengan solamente un par de frases en el guión, aunque interpretemos a su lado apenas unos días de parafernalia sobreactuada, a veces dejan huellas que, por sí solas, podrían evocar obras de teatro enteras.

28 febrero 2007

reencuentros

Acabo de encontrar unas poesías perdidas desde hace casi 4 años. Después del reencuentro, (enorme sonrisa) he decidido rescatar estas pocas del olvido...


Es tan fácil como volar
Aprender de gravedades mutiladas
Y cerrar los ojos.
Islas en tierra dragones de plastilina
Todo se vuelve real al chasquear los dedos.
Es tan fácil como sentir,
Dormitar al caer la tarde
Y bombones en la boca
-"Dame tiempo para pensar
Si realmente siento lo que digo
Si creo en el Dogma de la vida
Como creo en besos justos"



Déjame que te devuelva el perfume
Bailar el agua en dos canciones
Y venga, vamos a dormir, tres tristes sueños en la cama.
Déjame las hojas regadas
Tinta de los caprichos
Picnic en el césped lluvia sin paraguas

Post data: sedienta sin sed busca almohada


Me gustas tú y tu piel de chocolate
Que seas tan niño para todo
Garabatear en tu nuca
Tú y tu olor a tierra.
Me gusta el calor de tus siempre tibias manos
Siempre tibios besos cuenco de algodón en la espalda.
Me gustas tú con tu calma de cera
Y los ojos perdidos deshaciendo las paredes
Abrazar irrealidades adormecida
Sabiendo que los recuerdos
Dejan de ser recuerdos tintados de tiempo verde.
-
Que oiga tu grito no es nada premeditado.
Sólo son las hojas que acuden bailando a las aceras mojadas,
Son mis pupilas temerosas saltando por tus rasgos.
Así como el sendero se bifurca en la palma de la mano,
También adoran los besos del pasado estos momentos fortuitos.
-
Ya revestidos cielos verdes
Camas vacías navégame en la espalda
Ceniza aullando desayuno sin diamantes
Y por abrigo soledad del cuaderno azul.
Quémame en la noche, Ulises sin lengua
Todas las voces que llevan a Ítaca.


-
A veces vaciamos las manos demasiado rápido
Y yo te doy y tú me das bocas rojas grandes llamaradas.
A veces me despierto ausente
Y no entiendo el por qué los elementos conjuran a ciegas
Yo tan fuego, tú tan tierra
Tan poco espacio dentro para deshacer los dones,
Las virtudes regaladas
Y tan pocas las ganas de mentirme...
Al final el fuego entiende de pecados.


27 febrero 2007

congelada

Vacío necesario como piel que tirita, así es mi espejo y mi sombra
Triste escondite del tedio y, mientras tanto, balanceo de pie en duda
La supervivencia cuelga horas del zapato
Zancada ciega pisando los días

Desde el mar de mi cama, sólo reflejo compás
Hueco oculto atando cabos, Jimi Hendrix y los ángeles
Entre los dedos, como cabello enredado, ascienden las curvas
Resbalando en la calzada suela vieja, ni siquiera evito charcos

Y todo retorna al seno, cuenta atrás
En medio de la isla de almíbar, decido descansar de arena

26 febrero 2007

sinestesia

A veces la música se puede tocar y se convierte en materia que envuelve alrededor. Ahora mismo estoy acariciando una canción tan sólo con escucharla. las notas de la guitarra se han vestido con la piel que añoro y se tumban aquí, a mi lado. Las veo salir del altavoz siendo azules y, a medida que danzan a mi alrededor, se transforman en su cuerpo, tierno y quedo, para ir a caer sobre el colchón como sonido y beso a un tiempo. A veces la música se puede tocar y duele más siendo carne, recordando que es sólo un recuerdo.

21 febrero 2007

busco a josu

Estoy buscando a una persona. Se llama Jose, aunque se hace llamar "josu", y es de Cuenca. Ahora mismo debe tener 23 ó 24 años. Le conocí hace unos 7 en internet y llevo un tiempo intentando encontrarle de nuevo.

Todo empezó, o mejor dicho, terminó, cuando se me estropeó el teléfono móvil y perdí su número hace ya casi 3 años. Por aquel entonces, josu y yo ya habíamos perdido mucha relación y sólamente nos llamábamos un par de veces al año para ver qué tal iba todo. Lo último que supe es que se había vuelto un "comeflores" y que estaba trabajando de forestal. Se ve que por fin se había echado novia, además mayor que él, así que debía estar aprendiendo de lo lindo si tenemos en cuenta que, hasta poco antes, el josu era virgen, algo que nunca llegué a entender, entre otras cosas...

Nos conocimos en el chat, probablemente en el canal "antifascista", "punk_patatero" o algún nombre del estilo. Teníamos unos 16 años y la verdad es que nos lo pasabamos muy bien juntos. Josu era un punki adolescente en toda regla. Mallas rotas y camisetas que él mismo se apañaba tintándolas y rehaciéndolas con imperdibles, escapadas de casa, cartones de vino, problemas buscados y demás parafernalia perro flaútica. Qué decir tiene que me gustaba un montón.
Chateábamos bastante, hablábamos de vez en cuando por teléfono, y nos mandábamos fotografías curiosas que desvelasen el secreto de nuestros rostros. Había entre josu y yo una llama divertida e inocente que ninguno sabía (o quería) alimentar. El caso es que tras años de conversaciones en red, lejanamente atadas por impulsos eléctricos, yo me fui a vivir a madrid y decidimos desvelar el misterio de una vez por todas.

Era moreno de piel, con el pelo revuelto y ojos brillantes. Nos reconocimos al momento. Había venido a pasar la noche a madrid con unos amigos así que les acompañé en su travesía nocturna en lo que, probablemente, sea una de las noches que más recuerdo de mi primer año de carrera. Fue divertido. Poco bar, mucho callejeo. Nos besamos todo lo que no nos habíamos podido besar en esos años y terminamos tirados en el metro, buscando un sitio donde descansar a las 8 de la mañana. Les acompañé a atocha a eso de las 11 ó 12, cogieron el tren y josu se fue prometiendo volver a la semana siguiente, algo que nunca llegó a suceder.
No sé realmente porqué perdimos el contacto. Yo tampoco me acerqué a verle, la verdad, pero aún así, no entiendo cómo se llegan a perder los lazos y relaciones.

Tras ese encuentro sólo hemos hablado en contadas ocasiones, pero una vez perdido el móvil con su número dentro, hasta esas llamadas se han vuelto imposibles. He intentado buscarle por internet, encontrar en viejas agendas un número de teléfono apuntado en alguna esquina, hasta he mirado en la guía telefónica cuántos "delgado" hay en cuenca para llamar uno a uno y lograr saber de él. El día que se me crucen los cables lo haré. Intentaré encontrarle. Será una hazaña dentro del mar de las casualidades. La verdad es que me encantaría saber qué ha sido de su vida. Si le conoces, dile que le busco.

20 febrero 2007

círculo

Hay promesas que duran apenas los días de una estación. “No volveré a...”, “a partir de ahora...”, “es la última vez que...”, y, poco a poco, cada hoja que cae con el otoño o brota en primavera, se lleva una a una las letras de la frase, hasta que ya no queda promesa que conservar.

“De ese agua no beberé” es un temerario juramento que sólo surge en medio de la abundancia, cuando creemos que, realmente, nunca más habrá sequía. Pero hay emociones inevitables, más letales que la propia sed, a las que regresamos una y otra vez, cayendo irremediablemente en la misma piedra que juramos no volver a pisar.

Una vez cometido el “crimen”, se suele usar otra frase hecha que me gusta especialmente: “tragar las propias palabras”. Me parece realmente gráfica, una convincente adaptación lingüística que describe limpiamente la amarga sensación del arrepentimiento.

Hay promesas que nunca deberían salir del corazón, porque, precisamente, son esas las piedras más recurrentes, las que hacen tragar palabras en el camino. Ya no me fío de mi misma. No sirve de nada lanzar juramentos al aire teniendo dentro un corazón tan rojo...

15 febrero 2007

El de ahora

RAYUELA, capítulo 7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Julio Cortázar

El de siempre

RAYUELA, capítulo 68
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Julio Cortázar

06 febrero 2007

caballos alados


parece mentira cómo mueren los momentos. cómo instantes que ahora tocas y muerdes se diluyen con el tiempo hasta ser simple quimera, algo que vagamente creíste soñar, aunque haya fotografías que corroboren lo contrario. nunca estamos preparados para perder pedazos de vida.
ayer, por fin, me compré unas banderas tibetanas. son de varios colores y en cada una hay una oración y, en el centro del rezo, un caballo alado. dice la tradición que hay que escribir alrededor de ellas los nombres de la gente que queremos y que, cuando el viento las agita, los caballos rezan las oraciones para proteger a esas personas.
echo de menos huecos de mi pasado. me siento desconectada. echo de menos a un amigo que ni siquiera lo fue nunca. ayer, al escribir su nombre en la bandera, casi me echo a llorar. es una pena que el tiempo descubra el pastel: qué fue real, qué no lo fue y porqué ahora, tiempo después y sin heridas, nada tiene sentido. supongo que hay cosas que nunca se llegan a superar.
espero que cada vez que el viento mueva las banderas, él, esté donde esté, se sienta protegido.

04 febrero 2007

desatención cortés

Esta mañana he salido a hacer la compra. Primero he ido a sacar dinero al cajero del final de la calle y, al llegar a la puerta, he visto dentro al sin techo que suele refugiarse ahí los fines de semana tapado de la cabeza a los pies con una manta. Siempre me resulta incómodo encontrarme con él, aunque no estoy segura de si es el mismo, porque siempre está totalmente cubierto. Me siento culpable al perturbar su sueño para obtener, precisamente, algo de lo que él carece: dinero. El remordimiento se transforma en esa manta sucia, cobra vida y me arropa en el cajero del mismo modo que arropa al indigente. Encuentros en el umbral de la justicia.
He abierto la puerta del banco y me he acercado al cajero automático. No sabía si el hombre estaría dormido o no. Fuera hace un frío horrible. El día no puede estar más gris. Mientras espero que la máquina termine de expender el dinero le oigo toser. Está despierto. A lo peor enfermo y, desde luego, solo. Me siento fatal. Me gustaría acercarme y preguntarle si necesita algo pero ni siquiera le veo el pelo asomando por la manta, así que, egoísta o solidariamente, le dejo tranquilo. Pero cuando salgo a la calle me doy cuenta de que él sale también conmigo, no se despega de mi mente. Su fantasma se ha puesto a caminar a mi lado narrándome su vida y me explica cómo y porqué ha terminado durmiendo en el cajero del final de la calle. Estoy pensando en comprarle algo caliente de beber y, aunque sea, dejárselo al lado con un simple “buenos días” y marcharme con mi remordimiento a otra parte.
Me alejo pensando en la marginación, en estos “puntos de acceso” a los agujeros institucionales. Me aterra pensar en la capacidad que tenemos los que estamos “dentro” para hacer ojos ciegos ante la realidad. Para obviar rostros y mantas. Las personas olvidadas e invisibles son olvidadas e invisibles sólo para que nosotros podamos continuar nuestra vida sin variar ni un ápice de la rutina occidental. Imagino una bolsa llena de canicas, y cada canica un acto, y cada acto, algo prescindible de lo que no queremos desprendernos. ¡Qué bien funciona el sistema!
Antes de cruzar el paso de cebra, a tan sólo 50 metros del cajero, veo en la esquina al señor que, casi todos los días, excepto los de lluvia y alguna que otra ausencia, pide limosna sosteniendo un cartón que anuncia desgracias. Es increíble las horas que pasa ahí ese hombre, de rodillas, con el cartón en la mano y barba de una semana. Si hace frío, se revuelve en su bufanda y sus ojos miran más despacio. Cuando hace calor, sonríe más, o más tristemente. Suele tener a su lado una pequeña radio y a veces está sentado sobre una endeble sillita de playa que parece chirriar desde su injusta posición. Le dejo unas monedas en la taza verde de metal y continúo camino del supermercado.
Sigo pensando en comprarle al hombre del cajero alguna de estas bebidas que se calientan solas o algo de comer... ¿Cómo hemos alcanzado este punto de desconexión entre unos y otros? ¿Cómo es posible que lleguemos a ver como extraño a alguien de nuestra misma especie? Goffman definió este comportamiento como “desatención cortés”: hacer ver que los otros no existen para no generar comportamientos de desconfianza: para pasar desapercibido.
Cuando llego al supermercado, está, como de costumbre, el chico negro que abre la puerta a la espera de una recompensa.. Me saluda sonriente, “qué tal, chica”. Tiene pinta de ser buen tío. La verdad es que es simpático y su enorme sonrisa genera confianza. Ahora, mientras recorro los angostos pasillos llenos de productos baratos y, probablemente, radioactivos, pienso en él abriendo y cerrando la puerta durante todo el santo día. Voy llenando la cesta, metiendo más canicas en la bolsa sin pensar muy bien en la responsabilidad que supone cada una de ellas. Efecto mariposa. Recuerdo que en la puerta del supermercado de más abajo hay otro hombre, de mediana edad y con rasgos centroeuropeos, desempeñando el mismo trabajo. Me gustaría conocer las relaciones que existen entre los sin techo y los mendigos, cuáles son sus normas internas como colectivo. Seguro que entre ellos tienen códigos que limitan su radio de actuación. “Tú, este supermercado, yo, este cajero”. Por eso Vlad, el acordeonista rumano que toca siempre canciones tristes debajo de mi portal, sólo se pone en la esquina del paso de cebra los días que, casualmente, no está el hombre de la taza verde. Vlad no lleva mucho en España y casi no habla castellano. Siempre me dice “no totontiendo” y le hacen gracia las pelotas naranjas de malabares.
Al salir del supermercado me quedan sólo un par de monedas, pero al final no le puedo llevar nada al indigente del cajero. El chico del super me abre la puerta y me para un momento. Me dice “ey, chica! ¿qué tal?”. Tiene ganas de conversación. Quiere saber dónde estudio y me pide dinero para comer. Le doy a él las monedas y me dirijo a casa cargada con bolsas llenas de canicas.
Qué momento más real.

03 febrero 2007

Concienciándome

"La más larga caminata comienza con un paso". Proverbio hindú

"No hay más que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura". Miguel de Unamuno

"La paciencia tiene más poder que fuerza". Plutarco

"El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo". Axel Munthe

"Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia". Refrán

"Casi no hay cosa imposible para quien sabe trabajar y esperar." Fenelón

"¿Cuál será la diferencia entre tener paciencia para nada y perder el tiempo?". Pablo Neruda

"El mejor fuego no es el que se enciende rápidamente". George Eliot

"La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces". Proverbio persa



En resumen:
"No se ganó Zamora en una hora".

02 febrero 2007

El misterio del guante azul

Esa mañana llegaba pronto a la facultad. Quería desayunar tranquilamente antes de la primera clase porque ya que me había despertado con ganas de ser responsable, no iba a faltar a primera hora echando mis deseos de renovación por tierra. Era el primer día de curso del nuevo año e ir a clase, aunque me pesara, era uno de mis buenos propósitos. Al salir del metro recogí el papel publicitario que me ofrecieron sin ni siquiera mirar qué tenía escrito. Di las gracias al repartidor que los lanzaba con redonda cara de amanecer y lo metí en el bolsillo. “Maldita propaganda”. Esperé en el paso de cebra a que el semáforo se pusiera en verde. A mi alrededor, una marabunta espera impaciente retomar el camino. Vaya agobio de multitud. Y me enciendo un cigarro pensando en el pobre trozo de papel y en su corta vida a manos de la marabunta nerviosa que lo ha cogido por puro reflejo y que lo ha tirado segundos más tarde por pura comodidad. La mayor parte de los pedazos de celulosa se han quedado desbordando la papelera de la salida del metro y tiñendo de azul el suelo. ¿A dónde irán a parar los papeles de la propaganda? ¿Realmente servirán para algo? Les dedico un breve pensamiento y rezo por su pronto reciclaje. De repente, un llamativo color azulado en el paso de peatones llama mi atención. El chico con gafas que está delante de mi aún tiene el papelito en la mano y, para mi sorpresa, no sólo lo conserva, ¡sino que lo está leyendo! ¡Ja! Increíble. Me pregunto de qué facultad será... Sonrío al darme cuenta de que hay una chapa en su mochila que dice “sígueme”. Tiene los pantalones rotos y del bolsillo de su chaqueta sobresale un guante. Cuando el semáforo cambia de color el chico de las gafas se pone a andar rápidamente. Se nota que tiene prisa. Yo creo que realmente ni siquiera estaba leyendo el papelito porque ha estado moviéndose incómodo todo el rato mientras esperaba cruzar. En cuanto la luz le da permiso sale despedido y atraviesa corriendo el paso de cebra. Por culpa de su exceso de prisa, se le cae el guante en medio del frío asfalto. Parezco ser la única que lo ha visto, o la única que ha dado importancia a la pérdida del guante. El caso es que me agacho y lo recojo sintiéndome por un momento una especie de heroína anónima.
Al levantar la vista, el legítimo dueño había desaparecido tras un autobús que arrancaba con un sonido que más bien parecía un lamento. El “sígueme” de la mochila me hacía sentir como en una historia policíaca. Me puse a correr esquivando el autobús: no podía perder mi objetivo. Además, era un guante desparejado y al fin y al cabo ¿qué hacía yo con un guante desparejado? Lo justo y lógico era que la pareja estuviera unida. Aparté de mi camino a un par de jóvenes maquilladas con buen pulso matutino y tras esquivar varios maniquíes más y alguna que otra cara enrojecida por el frío vi más adelante al chico de las gafas. Llevaba un abrigo de lana negro y una bufanda roja que se le escurría por el cuello. Le grité “Eh, eh!” pero no se giró. Se dirigía a mi facultad y le vi adentrarse en la cafetería justo a tiempo para no perderle de vista. Imaginarme la chapa de “sígueme” me hacía sonreír de nuevo mientras andaba sobre sus pasos. Pensé en que él era un conejo negro y yo una Alicia loca. Era un comienzo cuanto menos gracioso para un lunes por la mañana. La cafetería estaba casi vacía así que iba a ser fácil encontrarle: apenas habría unas mesas llenas. Al menos eso fue lo que pensé cuando el aire cálido del interior me lanzó en la cara el olor del primer café. Pero el conejito tenía más prisa de la que yo creía y no se detuvo ni a desayunar. No estaba en ninguna de las mesas. Aún no había casi nadie en la cafetería por lo que era fácil descubrir con sólo un vistazo que mi chico del guante solitario había pasado totalmente de largo. Es igual, pensé, tampoco habrá podido ir muy lejos. Fui a mirar al pasillo de los porros. No hubo suerte. Subí a las mesas de la segunda planta. Quizá había quedado ahí con alguien. Tampoco. ¡Pues menudo chasco! Aún quedaba un cuarto de hora para que empezaran las clases. “Tiene que estar por aquí cerca”. Pero no había ni rastro del chico en ningún piso. Ni una mísera flecha en el suelo, ni gato guía invisible... nada. Ni siquiera una rama rota en alguna triste planta de interior con hilo de bufanda roja incluido. Ahora tenía un guante entre las manos y sólo cinco minutos para apurar el café. Bajé a la cafetería y metí el guante en el bolsillo enterrándolo junto a mi mundo de las maravillas.
Nunca me habían gustado las máquinas de tickets de la cafetería pero esa mañana decidí que, definitivamente, las odiaba. ¿Por qué tenía que rechazarme siempre el billete de cinco euros? Cuando por fin se imprimió el ticket pedí con urgencia un “cafelito” al camarero esmirriado que mira con aire de guasa todo el día. No me importó que estuviera demasiado caliente. Esta vez me lo bebí de un trago y salí por la puerta directa a clase. De repente, el conejo sin guante me encontró a mi.
Era un poco más alto que yo, con la piel morena, delgado. Andaba arrastrándose lentamente, como si todo lo que llevase, una simple mochila con un “sígueme” impertinente y una carpeta, se le escurriera constantemente sin que pudiera hacer nada por impedirlo. Bajo un desgastado sombrero marrón se le escapaban unos cuantos mechones oscuros.
“Hola, perdona, ¿tienes tiempo para hacer una encuesta?” Se subió las gafas y me miró con aire interrogante. ¿Tiempo? Pues a ver que piense. He estado buscándote por toda la facultad, casi me quemo la lengua con el café y voy a llegar tarde a periodismo especializado... ¡Por supuesto que tengo tiempo para hacer la encuesta! ¿O creías que me iba a marchar sin desentrañar el misterio del guante azul? Nos sentamos en las mesas de la cafetería. Abrió su carpeta y sacó tres folios grapados. La encuesta famosa iba sobre las aficiones de la juventud española y básicamente consistía en contestar preguntas relacionadas con mi tiempo de ocio y con cuánto dinero estoy dispuesta a pagar, como joven estudiante, por pasármelo bien.
Mientras el chico iba hablando repetía constantemente coletillas como “claro, claro” y "vaya, vaya" rascándose la frente. Estaba nervioso o era nervioso, no lo sé, pero yo tenía su guante en el bolsillo y todo me parecía muy divertido. Al acabar me dio las gracias. Normal, nadie quiere nunca responder encuestas y menos a estas horas. Seguro que yo era la primera víctima inocente del día. Miré cómo se levantaba y enrollaba su larga bufanda al cuello. Estaba a punto de comentarle el detalle de la pérdida del guante azul cuando echó un vistazo a su reloj de pulsera y se despidió atropelladamente. “Tengo mucha prisa, lo siento” y me quedé sola. No me dio tiempo a hacer nada. Ya había salido por la puerta de cafetería cuando me di cuenta de que ahora se había dejado la cartera encima de la mesa. Vaya. El conejo negro con reloj digital no sólo era rápido: era un verdadero desastre. Salí corriendo para devolvérsela pero ya no le encontré. Volví a la cafetería y me senté en la mesa. Parecía que este chico quería hacerme dar vueltas por todo Madrid hasta devolverle sus despistes matinales. Abrí intrigada la cartera en plan detective privada intentando resolver un crimen. Estaba llena de papeles. Igual de desordenada que la mía. Había varias tarjetas y carnets cada cual más curioso. Tenía desde un abono para el parque de atracciones hasta un carnet de socio de un club de jazz. Sin embargo, lo más curioso de todo, y que por poco creí estar loca cuando lo vi, era su DNI. Bueno, de hecho, era “mi” DNI. Sí, como lo cuento. Alucinante. Justo el mismo DNI que me robaron el verano pasado en aquel garito de Granada aparecía de repente dentro de la cartera del chico del guante. Todo aquello era muy raro. Estuve un tiempo sentada en la mesa pensando medio en trance. No me lo podía creer. Hasta que, por fin, llegué a una conclusión que explicaba al menos parte de los hechos. La rara historia del lunes dio un vuelco repentino y una enorme mandíbula gigante me engulló entera desde la cabeza a los pies. He aquí la cazadora cazada.

01 febrero 2007

niña buena

torneo de malvadas
hoy me asusta la vida
garganta con miedo
y el amor trepando

torneo de malvadas
gano el primer premio
luces, aplausos
pero sin beso perenne

batalla de envidia
se meriendan celos
y yo la malvada,

la copa de la noche

31 enero 2007

Malditos exámanes

cosas que deberían inventarse en este mismo instante

-Aprender sin estudiar, vía intravenosa
-Leer la mente con un microchip invisible
-Que la nevera se llene sola y prepare manjares
-El teletransporte de besos

30 enero 2007

mayoría absoluta


pedazos de colores en la caja de zapatos
ya no hay puerta, no hay ventanas: se han caído las paredes
y ahora, sola y montaña rusa
paseando vértigo cándido

perdí el tacto en las heridas
rocé la quiebra con las manos
y ahora, sola y montaña rusa
regalando fósforo de un día

pedazos de colores en la caja de zapatos
el sabor más intenso en mi mente
siente el carril, cada vez más dúctil
bajo mi suave mando de acero

29 enero 2007

atalaya sinabrigo

atalaya se presenta con el sombrero en la mano. se levanta lentamente de la silla y se sitúa, temblorosa, en el centro del círculo. "me llamo atalaya y soy ludópata". los demás la miran con indiferencia asumida, "otra ludópata suelta por el mundo", y siguen cada uno pensando en sus cosas. ella se retira con su sombrero sobre sus pasos de botas rojas de goma. se vuelve a sentar en la silla. suspira. al fin y al cabo no ha sido para tanto. del bolsillo de la chaqueta saca una pequeña bolsita de plástico y se lleva a la boca una gominola verde. merecido premio. las gominolas nunca fallan: siempre son dulces suceda lo que suceda a su alrededor. una vez, de niña, una compañera del colegio robó un puñado de ellas en el kiosco de la señora rosa y le dió unas pocas. ambas se las llevaron rápidamente a la boca, eliminando de un bocado las pruebas del delito. atalaya sentía que a pesar del dulce en su lengua, eso estaba mal y no pudo evitar la sensación de culpa a medida que se deshacían los rojos, los amarillos y los violetas entre los dientes. aquella noche soñó que una piruleta gigante con la cabeza de la señora rosa le extraía las gominolas del estómago con unas tenazas.

28 enero 2007

retales

Muerde el polvo. Ya había olvidado el olor ajeno que el sexo vacío impregna en las sábanas. El sabor del tacto novel se había adormilado en el cuarto oscuro de los castigos y durante un tiempo creyó totalmente desterrada de su vida la caricia que no aprende; la que tampoco exige. Sin embargo, aquella mañana, bajo el despertar tembloroso del abrazo virgen, sintió de nuevo el orgasmo anónimo sobre muslos extraños y prometió no creerse nunca más estatua en el camino. Minutos más tarde, mientras cavilaba bajo el agua de la ducha, no podía evitar sonreír ante su propio cuento. Caemos en la trampa de lo inevitable como gotas en un lago, predestinados a licuar los pecados una vez cometidos, a fundir nuestros capítulos en un solo libro apestando a coherencia...

27 enero 2007

heartbeats

hoy siento tu ausencia hiriente de aguja sin hilo
coser mis pedazos que añoran

hoy soy canción que muerde al borde
porque tu niebla gira en mi mano
y es esfera que no abraza

lenta como crecer de hierba
como piel que renace
diluyo las aristas de tu cuerpo
en cada esquina que acecha

25 enero 2007

voces

de repente, como todas las cosas que de verdad te cambian la vida, la luz del final del túnel ahora es demasiado clara y sin embargo, parece que se esté alejando cada vez más...
-

ayer se me rompieron las sandalias cuando estaba volviendo a casa de la playa. La arena estaba ardiendo y por poco me quemo los pies. Qué daño. Aún me quema cuando me acuerdo. En ese momento pensé en que estaría bien que apareciera una mullida alfombra roja sobre la que pasearme elegantemente de camino a casa. Pero al parecer, es cierto que eso sólo ocurre en las películas. Justo al llegar al portal me encontré una bota de montaña tirada al lado del contenedor. Vaya mierda.
-
Siento que he cambiado, de verdad. Hay algo que me dice que ya no soy el mismo, que el que está ahora aquí hablando con vosotros no es el que lo habría hecho hace, no sé... ¿pongamos un par de años? ¿Os estáis dando cuenta de qué significa esto? Hay cosas que de verdad cambian la vida, tíos. Hay cosas por las que uno es capaz de cambiar... Está decidido: voy a dejar el tabaco.
-
Esa mañana me levanté con unas ganas horribles de fumar. No tenía tabaco. El único resto de piti decente que encontré por la casa para llevarme a los labios estaba tirado en el sofá totalmente despedazado por la chinchilla. Las briznas de delicioso tabaco rubio yacían sobre el cubrecamas de una forma tan insultante que tuve que apartar los ojos para no llorar.
-
Creo que he empezado a odiar la música. Siempre fui descoordinada y un tanto arítmica. En las fiestas jamás bailé y me dedicaba a seguir el ritmo cabeceando ligeramente más por causa del alcohol que por necesidad de expresión corporal. La gente me preguntaba qué tal lo estás pasando, te gusta el sitio, muévete un poco, mujer, pero nada. Una vez lo intenté. El chico guapo con la copa azul me miró raro. No se despidió. Aquella noche dormí sola.

23 enero 2007

Ad Marginem

te escribo desde la primera mirada porque con ella se derramó toda la tinta que debo gastar, letra a letra, para dibujar tan sólo ese primer hielo de tus ojos en los míos. y sentir que el tiempo es marioneta girando en mi estómago, durmiéndose en medio de sueños contigo, que el alma es en verdad cuerpo y que la rompió un segundo de intuiciones.
te escribo desde la primera mirada, parábola de un beso. desde la primera vez que me quedé aletargada en tus brazos aspirando tu cuello y reconociendo tu olor como si en realidad fuera un recuerdo dormido en la memoria. memoria que en este instante escribe y evoca desdeñando las palabras porque comprende que no hay palabra posible que pueda describir tu tacto en simple papel. te escribo desde un vuelco de corazón asomado a la ventana, mirando verano y lunas, quererte y querer estar contigo.



inútil

22 enero 2007

compás

  1. sobre música que se hace carne
  2. empiezo a derretir notas
  3. y lenta porque estoy triste
  4. llamo al sueño con los dedos

16 enero 2007

Réquiem


déjame tratar de endulzar todos los momentos amargos
ser cristal que ilumine, a pesar de la niebla, huella feliz en la memoria

déjame ser sin miedo, ganar tierra en tu orilla
y vivir como azúcar del alma al borde de tu abrazo

14 enero 2007

3_ ...y promesas

Hay latidos que dicen que existe a medida que camino por la calle. Paso sí, paso no, la evidencia de su posible cercanía me mantiene alerta. A veces esos latidos, esperanzas permanentes, dejan de oírse y mi letanía deriva en llanto. Es la aguja en el pajar donde almaceno amores, donde cosecho alegrías arañadas a fuerza de trepar por labios. Sin embargo, ese palpitar del verbo no se extingue ni se pierde. Sigue siendo fuerza última en mi camino.

2_ encuentros


El día que le conocí me robó el reloj. No fue un robo sutil precisamente. Siempre supe que era un ladrón porque yo misma le vi entrar y coger el reloj de mi escondite con sus propias manos. Se lo guardó bajo la piel y desde entonces me dirige en silencio, sólo con los ojos redondos. Cuando quiere detiene el tiempo en mi boca, lo deja resbalar, líquido y dulce. Y podría desechar horas como pétalos a su lado. Otras veces, me hace ir rápido, me coge de la mano y echa a correr sin ni siquiera pensarlo. Me lleva de visita por su vida como si fuera un parque temático y yo sentada en el oscilante vagón observando su sonrisa de niño grande... Pero no me importa dejarle jugar con mi tiempo. La primera vez que le miré perdone ese pecado de antemano.

1_ pérdidas,

En los últimos meses empezó a convertirse en un fantasma para mi. Apenas le veía y su presencia difuminada en la memoria sólo servía para colorear una porción de años pasados como páginas enmohecidas de un libro. Él era el hueco completo, en ocasiones carente de sentido, que ocupaba ese vacío en mi recuerdo.
Ahora, meses más tarde, ya es completamente transparente. Se ha desdibujado con el tiempo por la falta de encuentros ocasionales o citas premeditadas. Si le viera por la calle a lo mejor incluso tardaría en reconocerle entre las brumas y es que ha goteado hasta el último suspiro a fuerza de extinguir las llamas. Sin embargo, cuando le siento tan distante, distancia mantenida a pulso, no puedo evitar lamentar la pérdida de esas páginas que alguna vez fueron reales y parte de mi sustento. La ausencia se repite fielmente y siempre genera la misma herida. Aunque sea causada por fantasmas que alguna vez decidieron morir y ser humo.