
Piel blanca de lobo
Esfera amenazada
Palpitar constante
Ritmo cardíaco
Sin ojos-con boca
Hielo derretido
Sombra perseguida
Actriz años veinte
Luna sentada
Letra sin nombre
Pez de espinas
(Víctor Mira)
-LarutanaturaL-
me da igual pintar los colores porque la lluvia puede con todo,
puede con todo y los borra a medida que los pinto
los arrastra calle abajo formando charcos de crema
la lluvia puede con todo
con mi ínclita sonrisa de grapas, con las pisadas solitarias del metro,
puede con este palpitar que ni siquiera es mío
con las palabras que sólo se piensan, con aquellas que jamás decimos
me da igual este arco iris que no termina de descansar en el cielo
nube a nube cayendo espesa, vomita la lluvia sobre el pelo mojado
y me da igual porque no me importa el reposo, porque mato el conformismo
porque puedo caminar sólo si quiero para después decir que lloví descalza
no me importas tú ni el diluvio que te anuncia
no me importas tú ni las disculpas desbordadas
desde el principio de un nuevo vacío, marco el fin de los amores tormenta
Atalaya llegó a casa y cerró la puerta de golpe, como queriendo dejar fuera con aire indolente todo lo que tuviera que ver con el exterior. Lanzó el sombrero al sofá de la entrada y, de camino a la cocina, decidió dejar de pensar durante esa noche.
En la calle hacía frío. Una temperatura poco corriente para principios de septiembre. Mientras abría la nevera, Atalaya recordó la voz del hombre del tiempo el día anterior anunciando una ola de frío. Se encogió de hombros y abrió el brick de zumo de melocotón y uva del Día. “Por mi como si graniza: no pienso salir...”. Eran sólo las 9 de la noche, estaba sola en casa y lo único que le apetecía de veras era comer chucherías y ver una peli... Sonaba tan típico que le entraron ganas de llorar.
A Atalaya le gustan las gominolas rojas. No sabe porqué, pero solamente le gustan rojas. Es consciente de que todo es cuestión de colorante, pero no puede evitar sentir un sabor diferente si se lleva a la boca una gominola que sea de otro color. El verde, por ejemplo, siempre le sabe a manzana; el azul, a piña... Un día decidió que el rojo era el que más le gustaba de todos. Según Atalaya, es el que sabe a más cosas a la vez. Así que, para iniciar su tranquila noche de viernes, bajó a la calle dispuesta a comprar una bolsa repleta de deliciosos dulces rojos. De pequeña, la primera vez que escuchó la expresión “endulzar la vida”, lo creyó tan literalmente, que está convencida de que eso sólo se consigue espolvoreando azúcar regularmente por la cabeza o, en su defecto, comiendo gominolas rojas. Si siempre le había funcionado, esta vez no podía fallar.
En ese mismo momento, una motocicleta azul está esperando a que cambie el color del semáforo en la calle Ríos Rosas. En cuestión de segundos, esa misma motocicleta girará hacia la derecha por Ponzano y en el paso de peatones atropellará a Atalaya Sinabrigo. El momento del siniestro sucede, exactamente, a las 21.04, según advertirá más tarde al SAMUR una pareja de ancianos que paseaban a su perrito por la calle. “Pobre chica, se quedó allí tirada como muerta”, se lamentaba la viejecita mientras acariciaba al animal.
A aquella hora el zoco está siempre abarrotado. Nada más cruzar el arco de la antigua muralla, se encuentra la calle principal y, de repente, el goteo de gente se vuelve denso. Empieza a ser difícil caminar sin tropezar constantemente con alguien o meter el pie en algún socavón o charco de la calzada.
Inmediatamente, la chica se siente sobrecogida por una intensa ráfaga de olores y se abraza más fuerte a la cintura del chico. Son una pareja extranjera y, aunque están mezclados en la inmensidad del zoco marroquí, se les distingue claramente entre la multitud. Ella tiene el pelo largo y los ojos verdes. Es joven y bonita. La camiseta de tirantes deja ver sus blancos brazos y los hombres que pasan a su lado la miran descaradamente. Él es alto, rubio. Tiene el pelo largo y enredado. La navidad pasada decidió dejar de peinarselo. Le cae por los hombros acentuando la expresión aniñada de su rostro. Hacen buena pareja.
Los dos extranjeros caminan lentamente entre la gente y observan el bullicio como si fueran dos personajes ajenos al escenario del zoco, pasivos espectadores de una película muy real. Observan los puestos ambulantes de pan recién hecho, los de apetitosa fruta, las piezas de carne despedazadas tendidas al aire. Los aromas se mezclan con el ir y venir de las personas. A veces, canela; otras, intenso curry y, siempre, acompañándoles, el rastro del olor de la menta.
La vida en el zoco es rápida. A menudo tienen que apartarse del camino para evitar ser atropellados por algún carro o bicicleta temeraria. Sin embargo, él camina despacio, como si llevase el peso de toda su vida en las piernas, como si fuera consciente de su existencia a cada paso. Camina y parece tan seguro de sí mismo… Ella le mira y sonríe. Aprieta su cintura con la mano y se deja contagiar por ese ritmo lento. Cierra los ojos. Abrazada a la camisa de cuadros del chico rubio se siente segura, así que decide no volver a abrirlos. Atraviesa el zoco a oscuras pero con los demás sentidos más despiertos que nunca. Tacto, oído, olfato. La sensación es tan intensa que, por un momento, desea no salir de ese universo de sentidos redescubiertos.
Minutos más tarde, en una playa cercana, una ola termina empapándoles de agua. “El mundo es algo mágico”, le dice ella justo antes de encontrar una triste concha blanca.
Hay promesas que duran apenas los días de una estación. “No volveré a...”, “a partir de ahora...”, “es la última vez que...”, y, poco a poco, cada hoja que cae con el otoño o brota en primavera, se lleva una a una las letras de la frase, hasta que ya no queda promesa que conservar.
“De ese agua no beberé” es un temerario juramento que sólo surge en medio de la abundancia, cuando creemos que, realmente, nunca más habrá sequía. Pero hay emociones inevitables, más letales que la propia sed, a las que regresamos una y otra vez, cayendo irremediablemente en la misma piedra que juramos no volver a pisar.
Una vez cometido el “crimen”, se suele usar otra frase hecha que me gusta especialmente: “tragar las propias palabras”. Me parece realmente gráfica, una convincente adaptación lingüística que describe limpiamente la amarga sensación del arrepentimiento.
Hay promesas que nunca deberían salir del corazón, porque, precisamente, son esas las piedras más recurrentes, las que hacen tragar palabras en el camino. Ya no me fío de mi misma. No sirve de nada lanzar juramentos al aire teniendo dentro un corazón tan rojo...
"La más larga caminata comienza con un paso". Proverbio hindú
"No hay más que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura". Miguel de Unamuno
"La paciencia tiene más poder que fuerza". Plutarco
"El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo". Axel Munthe
"Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia". Refrán
"Casi no hay cosa imposible para quien sabe trabajar y esperar." Fenelón
"¿Cuál será la diferencia entre tener paciencia para nada y perder el tiempo?". Pablo Neruda
"El mejor fuego no es el que se enciende rápidamente". George Eliot
"La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces". Proverbio persa
En resumen:
"No se ganó Zamora en una hora".
torneo de malvadas
hoy me asusta la vida
garganta con miedo
y el amor trepando
torneo de malvadas
gano el primer premio
luces, aplausos
pero sin beso perenne
batalla de envidia
se meriendan celos
y yo la malvada,
la copa de la noche