“¿Por qué me has dado esto?”, le volví a preguntar un tanto nerviosa y llena de curiosidad. “A ver, tía, esto está fuera de protocolo. Esta conversación no tendría que existir”, me miró entre tímido y sorprendido. “Así que esto lo haces a menudo, ¿no? Dar cd’s a extraños en el metro…” Le miré intrigada. Era un chico no muy alto, con el pelo medio rubio cayéndole por la frente, acentuando un poco más su expresión dulce y en cierto sentido, cándida. Miré la parada de metro: Liceu. No sé porqué en seguida me lo imaginé como una especie de músico bohemio. Mirando su mochila raída de cuero podía incluso verla llena de partituras desgastadas. Tenía pinta de tocar el violonchelo o algo por el estilo. Y sobre todo, de ser alguien especial.
Finalmente me explicó que por cada 10 cd’s que grababa, regalaba uno a alguien y le agradecí el haberme escogido y el que hiciera cosas así de diferentes. Me pareció una idea preciosa, la verdad. Él se quitó importancia diciendo que yo sólo era la sexta persona a la que se lo daba. Me preguntó el nombre y no sé a qué o quién le debí recordar que sonrió irónicamente y me espetó impaciente, “¿no habrás nacido el 19 de abril, verdad?”. Como soy una chica sincera por impulso, le dije que no, que nací el 25 de marzo. A lo mejor habría estado bien llevar lo bizarro de la historia a otro nivel diciéndo que sí, que además de llamarme María, también nací el 19 de abril, pero no me salió… Él se llama Roger.
Volvía a recriminarme el que hubiera salido del metro justo cuando el siguiente aparecía silbando en la estación. “Da igual, así hemos tenido esta conversación. Trenes hay muchos más…”, le contesté. Y la verdad es que el tiempo siempre sobra aunque sólo sea durante los dos minutos y medio de espera que separan los metros de Barcelona a hora punta de la tarde. Nos despedimos cuando las puertas volvieron a abrirse. Hasta la próxima, chico de los cd’s.