03 febrero 2007

Concienciándome

"La más larga caminata comienza con un paso". Proverbio hindú

"No hay más que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura". Miguel de Unamuno

"La paciencia tiene más poder que fuerza". Plutarco

"El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo". Axel Munthe

"Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia". Refrán

"Casi no hay cosa imposible para quien sabe trabajar y esperar." Fenelón

"¿Cuál será la diferencia entre tener paciencia para nada y perder el tiempo?". Pablo Neruda

"El mejor fuego no es el que se enciende rápidamente". George Eliot

"La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces". Proverbio persa



En resumen:
"No se ganó Zamora en una hora".

02 febrero 2007

El misterio del guante azul

Esa mañana llegaba pronto a la facultad. Quería desayunar tranquilamente antes de la primera clase porque ya que me había despertado con ganas de ser responsable, no iba a faltar a primera hora echando mis deseos de renovación por tierra. Era el primer día de curso del nuevo año e ir a clase, aunque me pesara, era uno de mis buenos propósitos. Al salir del metro recogí el papel publicitario que me ofrecieron sin ni siquiera mirar qué tenía escrito. Di las gracias al repartidor que los lanzaba con redonda cara de amanecer y lo metí en el bolsillo. “Maldita propaganda”. Esperé en el paso de cebra a que el semáforo se pusiera en verde. A mi alrededor, una marabunta espera impaciente retomar el camino. Vaya agobio de multitud. Y me enciendo un cigarro pensando en el pobre trozo de papel y en su corta vida a manos de la marabunta nerviosa que lo ha cogido por puro reflejo y que lo ha tirado segundos más tarde por pura comodidad. La mayor parte de los pedazos de celulosa se han quedado desbordando la papelera de la salida del metro y tiñendo de azul el suelo. ¿A dónde irán a parar los papeles de la propaganda? ¿Realmente servirán para algo? Les dedico un breve pensamiento y rezo por su pronto reciclaje. De repente, un llamativo color azulado en el paso de peatones llama mi atención. El chico con gafas que está delante de mi aún tiene el papelito en la mano y, para mi sorpresa, no sólo lo conserva, ¡sino que lo está leyendo! ¡Ja! Increíble. Me pregunto de qué facultad será... Sonrío al darme cuenta de que hay una chapa en su mochila que dice “sígueme”. Tiene los pantalones rotos y del bolsillo de su chaqueta sobresale un guante. Cuando el semáforo cambia de color el chico de las gafas se pone a andar rápidamente. Se nota que tiene prisa. Yo creo que realmente ni siquiera estaba leyendo el papelito porque ha estado moviéndose incómodo todo el rato mientras esperaba cruzar. En cuanto la luz le da permiso sale despedido y atraviesa corriendo el paso de cebra. Por culpa de su exceso de prisa, se le cae el guante en medio del frío asfalto. Parezco ser la única que lo ha visto, o la única que ha dado importancia a la pérdida del guante. El caso es que me agacho y lo recojo sintiéndome por un momento una especie de heroína anónima.
Al levantar la vista, el legítimo dueño había desaparecido tras un autobús que arrancaba con un sonido que más bien parecía un lamento. El “sígueme” de la mochila me hacía sentir como en una historia policíaca. Me puse a correr esquivando el autobús: no podía perder mi objetivo. Además, era un guante desparejado y al fin y al cabo ¿qué hacía yo con un guante desparejado? Lo justo y lógico era que la pareja estuviera unida. Aparté de mi camino a un par de jóvenes maquilladas con buen pulso matutino y tras esquivar varios maniquíes más y alguna que otra cara enrojecida por el frío vi más adelante al chico de las gafas. Llevaba un abrigo de lana negro y una bufanda roja que se le escurría por el cuello. Le grité “Eh, eh!” pero no se giró. Se dirigía a mi facultad y le vi adentrarse en la cafetería justo a tiempo para no perderle de vista. Imaginarme la chapa de “sígueme” me hacía sonreír de nuevo mientras andaba sobre sus pasos. Pensé en que él era un conejo negro y yo una Alicia loca. Era un comienzo cuanto menos gracioso para un lunes por la mañana. La cafetería estaba casi vacía así que iba a ser fácil encontrarle: apenas habría unas mesas llenas. Al menos eso fue lo que pensé cuando el aire cálido del interior me lanzó en la cara el olor del primer café. Pero el conejito tenía más prisa de la que yo creía y no se detuvo ni a desayunar. No estaba en ninguna de las mesas. Aún no había casi nadie en la cafetería por lo que era fácil descubrir con sólo un vistazo que mi chico del guante solitario había pasado totalmente de largo. Es igual, pensé, tampoco habrá podido ir muy lejos. Fui a mirar al pasillo de los porros. No hubo suerte. Subí a las mesas de la segunda planta. Quizá había quedado ahí con alguien. Tampoco. ¡Pues menudo chasco! Aún quedaba un cuarto de hora para que empezaran las clases. “Tiene que estar por aquí cerca”. Pero no había ni rastro del chico en ningún piso. Ni una mísera flecha en el suelo, ni gato guía invisible... nada. Ni siquiera una rama rota en alguna triste planta de interior con hilo de bufanda roja incluido. Ahora tenía un guante entre las manos y sólo cinco minutos para apurar el café. Bajé a la cafetería y metí el guante en el bolsillo enterrándolo junto a mi mundo de las maravillas.
Nunca me habían gustado las máquinas de tickets de la cafetería pero esa mañana decidí que, definitivamente, las odiaba. ¿Por qué tenía que rechazarme siempre el billete de cinco euros? Cuando por fin se imprimió el ticket pedí con urgencia un “cafelito” al camarero esmirriado que mira con aire de guasa todo el día. No me importó que estuviera demasiado caliente. Esta vez me lo bebí de un trago y salí por la puerta directa a clase. De repente, el conejo sin guante me encontró a mi.
Era un poco más alto que yo, con la piel morena, delgado. Andaba arrastrándose lentamente, como si todo lo que llevase, una simple mochila con un “sígueme” impertinente y una carpeta, se le escurriera constantemente sin que pudiera hacer nada por impedirlo. Bajo un desgastado sombrero marrón se le escapaban unos cuantos mechones oscuros.
“Hola, perdona, ¿tienes tiempo para hacer una encuesta?” Se subió las gafas y me miró con aire interrogante. ¿Tiempo? Pues a ver que piense. He estado buscándote por toda la facultad, casi me quemo la lengua con el café y voy a llegar tarde a periodismo especializado... ¡Por supuesto que tengo tiempo para hacer la encuesta! ¿O creías que me iba a marchar sin desentrañar el misterio del guante azul? Nos sentamos en las mesas de la cafetería. Abrió su carpeta y sacó tres folios grapados. La encuesta famosa iba sobre las aficiones de la juventud española y básicamente consistía en contestar preguntas relacionadas con mi tiempo de ocio y con cuánto dinero estoy dispuesta a pagar, como joven estudiante, por pasármelo bien.
Mientras el chico iba hablando repetía constantemente coletillas como “claro, claro” y "vaya, vaya" rascándose la frente. Estaba nervioso o era nervioso, no lo sé, pero yo tenía su guante en el bolsillo y todo me parecía muy divertido. Al acabar me dio las gracias. Normal, nadie quiere nunca responder encuestas y menos a estas horas. Seguro que yo era la primera víctima inocente del día. Miré cómo se levantaba y enrollaba su larga bufanda al cuello. Estaba a punto de comentarle el detalle de la pérdida del guante azul cuando echó un vistazo a su reloj de pulsera y se despidió atropelladamente. “Tengo mucha prisa, lo siento” y me quedé sola. No me dio tiempo a hacer nada. Ya había salido por la puerta de cafetería cuando me di cuenta de que ahora se había dejado la cartera encima de la mesa. Vaya. El conejo negro con reloj digital no sólo era rápido: era un verdadero desastre. Salí corriendo para devolvérsela pero ya no le encontré. Volví a la cafetería y me senté en la mesa. Parecía que este chico quería hacerme dar vueltas por todo Madrid hasta devolverle sus despistes matinales. Abrí intrigada la cartera en plan detective privada intentando resolver un crimen. Estaba llena de papeles. Igual de desordenada que la mía. Había varias tarjetas y carnets cada cual más curioso. Tenía desde un abono para el parque de atracciones hasta un carnet de socio de un club de jazz. Sin embargo, lo más curioso de todo, y que por poco creí estar loca cuando lo vi, era su DNI. Bueno, de hecho, era “mi” DNI. Sí, como lo cuento. Alucinante. Justo el mismo DNI que me robaron el verano pasado en aquel garito de Granada aparecía de repente dentro de la cartera del chico del guante. Todo aquello era muy raro. Estuve un tiempo sentada en la mesa pensando medio en trance. No me lo podía creer. Hasta que, por fin, llegué a una conclusión que explicaba al menos parte de los hechos. La rara historia del lunes dio un vuelco repentino y una enorme mandíbula gigante me engulló entera desde la cabeza a los pies. He aquí la cazadora cazada.

01 febrero 2007

niña buena

torneo de malvadas
hoy me asusta la vida
garganta con miedo
y el amor trepando

torneo de malvadas
gano el primer premio
luces, aplausos
pero sin beso perenne

batalla de envidia
se meriendan celos
y yo la malvada,

la copa de la noche

31 enero 2007

Malditos exámanes

cosas que deberían inventarse en este mismo instante

-Aprender sin estudiar, vía intravenosa
-Leer la mente con un microchip invisible
-Que la nevera se llene sola y prepare manjares
-El teletransporte de besos

30 enero 2007

mayoría absoluta


pedazos de colores en la caja de zapatos
ya no hay puerta, no hay ventanas: se han caído las paredes
y ahora, sola y montaña rusa
paseando vértigo cándido

perdí el tacto en las heridas
rocé la quiebra con las manos
y ahora, sola y montaña rusa
regalando fósforo de un día

pedazos de colores en la caja de zapatos
el sabor más intenso en mi mente
siente el carril, cada vez más dúctil
bajo mi suave mando de acero

29 enero 2007

atalaya sinabrigo

atalaya se presenta con el sombrero en la mano. se levanta lentamente de la silla y se sitúa, temblorosa, en el centro del círculo. "me llamo atalaya y soy ludópata". los demás la miran con indiferencia asumida, "otra ludópata suelta por el mundo", y siguen cada uno pensando en sus cosas. ella se retira con su sombrero sobre sus pasos de botas rojas de goma. se vuelve a sentar en la silla. suspira. al fin y al cabo no ha sido para tanto. del bolsillo de la chaqueta saca una pequeña bolsita de plástico y se lleva a la boca una gominola verde. merecido premio. las gominolas nunca fallan: siempre son dulces suceda lo que suceda a su alrededor. una vez, de niña, una compañera del colegio robó un puñado de ellas en el kiosco de la señora rosa y le dió unas pocas. ambas se las llevaron rápidamente a la boca, eliminando de un bocado las pruebas del delito. atalaya sentía que a pesar del dulce en su lengua, eso estaba mal y no pudo evitar la sensación de culpa a medida que se deshacían los rojos, los amarillos y los violetas entre los dientes. aquella noche soñó que una piruleta gigante con la cabeza de la señora rosa le extraía las gominolas del estómago con unas tenazas.

28 enero 2007

retales

Muerde el polvo. Ya había olvidado el olor ajeno que el sexo vacío impregna en las sábanas. El sabor del tacto novel se había adormilado en el cuarto oscuro de los castigos y durante un tiempo creyó totalmente desterrada de su vida la caricia que no aprende; la que tampoco exige. Sin embargo, aquella mañana, bajo el despertar tembloroso del abrazo virgen, sintió de nuevo el orgasmo anónimo sobre muslos extraños y prometió no creerse nunca más estatua en el camino. Minutos más tarde, mientras cavilaba bajo el agua de la ducha, no podía evitar sonreír ante su propio cuento. Caemos en la trampa de lo inevitable como gotas en un lago, predestinados a licuar los pecados una vez cometidos, a fundir nuestros capítulos en un solo libro apestando a coherencia...

27 enero 2007

heartbeats

hoy siento tu ausencia hiriente de aguja sin hilo
coser mis pedazos que añoran

hoy soy canción que muerde al borde
porque tu niebla gira en mi mano
y es esfera que no abraza

lenta como crecer de hierba
como piel que renace
diluyo las aristas de tu cuerpo
en cada esquina que acecha

25 enero 2007

voces

de repente, como todas las cosas que de verdad te cambian la vida, la luz del final del túnel ahora es demasiado clara y sin embargo, parece que se esté alejando cada vez más...
-

ayer se me rompieron las sandalias cuando estaba volviendo a casa de la playa. La arena estaba ardiendo y por poco me quemo los pies. Qué daño. Aún me quema cuando me acuerdo. En ese momento pensé en que estaría bien que apareciera una mullida alfombra roja sobre la que pasearme elegantemente de camino a casa. Pero al parecer, es cierto que eso sólo ocurre en las películas. Justo al llegar al portal me encontré una bota de montaña tirada al lado del contenedor. Vaya mierda.
-
Siento que he cambiado, de verdad. Hay algo que me dice que ya no soy el mismo, que el que está ahora aquí hablando con vosotros no es el que lo habría hecho hace, no sé... ¿pongamos un par de años? ¿Os estáis dando cuenta de qué significa esto? Hay cosas que de verdad cambian la vida, tíos. Hay cosas por las que uno es capaz de cambiar... Está decidido: voy a dejar el tabaco.
-
Esa mañana me levanté con unas ganas horribles de fumar. No tenía tabaco. El único resto de piti decente que encontré por la casa para llevarme a los labios estaba tirado en el sofá totalmente despedazado por la chinchilla. Las briznas de delicioso tabaco rubio yacían sobre el cubrecamas de una forma tan insultante que tuve que apartar los ojos para no llorar.
-
Creo que he empezado a odiar la música. Siempre fui descoordinada y un tanto arítmica. En las fiestas jamás bailé y me dedicaba a seguir el ritmo cabeceando ligeramente más por causa del alcohol que por necesidad de expresión corporal. La gente me preguntaba qué tal lo estás pasando, te gusta el sitio, muévete un poco, mujer, pero nada. Una vez lo intenté. El chico guapo con la copa azul me miró raro. No se despidió. Aquella noche dormí sola.

23 enero 2007

Ad Marginem

te escribo desde la primera mirada porque con ella se derramó toda la tinta que debo gastar, letra a letra, para dibujar tan sólo ese primer hielo de tus ojos en los míos. y sentir que el tiempo es marioneta girando en mi estómago, durmiéndose en medio de sueños contigo, que el alma es en verdad cuerpo y que la rompió un segundo de intuiciones.
te escribo desde la primera mirada, parábola de un beso. desde la primera vez que me quedé aletargada en tus brazos aspirando tu cuello y reconociendo tu olor como si en realidad fuera un recuerdo dormido en la memoria. memoria que en este instante escribe y evoca desdeñando las palabras porque comprende que no hay palabra posible que pueda describir tu tacto en simple papel. te escribo desde un vuelco de corazón asomado a la ventana, mirando verano y lunas, quererte y querer estar contigo.



inútil

22 enero 2007

compás

  1. sobre música que se hace carne
  2. empiezo a derretir notas
  3. y lenta porque estoy triste
  4. llamo al sueño con los dedos

16 enero 2007

Réquiem


déjame tratar de endulzar todos los momentos amargos
ser cristal que ilumine, a pesar de la niebla, huella feliz en la memoria

déjame ser sin miedo, ganar tierra en tu orilla
y vivir como azúcar del alma al borde de tu abrazo

14 enero 2007

3_ ...y promesas

Hay latidos que dicen que existe a medida que camino por la calle. Paso sí, paso no, la evidencia de su posible cercanía me mantiene alerta. A veces esos latidos, esperanzas permanentes, dejan de oírse y mi letanía deriva en llanto. Es la aguja en el pajar donde almaceno amores, donde cosecho alegrías arañadas a fuerza de trepar por labios. Sin embargo, ese palpitar del verbo no se extingue ni se pierde. Sigue siendo fuerza última en mi camino.

2_ encuentros


El día que le conocí me robó el reloj. No fue un robo sutil precisamente. Siempre supe que era un ladrón porque yo misma le vi entrar y coger el reloj de mi escondite con sus propias manos. Se lo guardó bajo la piel y desde entonces me dirige en silencio, sólo con los ojos redondos. Cuando quiere detiene el tiempo en mi boca, lo deja resbalar, líquido y dulce. Y podría desechar horas como pétalos a su lado. Otras veces, me hace ir rápido, me coge de la mano y echa a correr sin ni siquiera pensarlo. Me lleva de visita por su vida como si fuera un parque temático y yo sentada en el oscilante vagón observando su sonrisa de niño grande... Pero no me importa dejarle jugar con mi tiempo. La primera vez que le miré perdone ese pecado de antemano.

1_ pérdidas,

En los últimos meses empezó a convertirse en un fantasma para mi. Apenas le veía y su presencia difuminada en la memoria sólo servía para colorear una porción de años pasados como páginas enmohecidas de un libro. Él era el hueco completo, en ocasiones carente de sentido, que ocupaba ese vacío en mi recuerdo.
Ahora, meses más tarde, ya es completamente transparente. Se ha desdibujado con el tiempo por la falta de encuentros ocasionales o citas premeditadas. Si le viera por la calle a lo mejor incluso tardaría en reconocerle entre las brumas y es que ha goteado hasta el último suspiro a fuerza de extinguir las llamas. Sin embargo, cuando le siento tan distante, distancia mantenida a pulso, no puedo evitar lamentar la pérdida de esas páginas que alguna vez fueron reales y parte de mi sustento. La ausencia se repite fielmente y siempre genera la misma herida. Aunque sea causada por fantasmas que alguna vez decidieron morir y ser humo.

21 diciembre 2006

Y más esquimales...

Este poema es de mi amigo David Gimenez. Él también estaba pensando en blanco esquimal cuando lo escribió. A lo mejor incluso escribíamos estas líneas en el mismo momento, porque el caso es que ninguno de los dos le termina de encontrar mucho sentido a esto de los colores y de dar forma a las palabras...



POEMAS DEL FRIO


En vano te hemos prodigado el océano,
en vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
has gastado los años y te han gastado,
y todavía no has escrito el poema.
Mateo, XXV, 30. Jorge Luis Borges


Dicen los nuevos poetas:
el pingüino diecinueve
me mira con ojos grises
y se rompen las pateras
cargadas de desdicha,
y sueñan los árboles, y te golpean a rajatabla.
No es nada nuevo
el viento y la estela del último barco
endemoniado de raíces
turcas y otomanas, alegres.
Dicen los últimos poetas:
ojo con el tiempo
el oro y mi dios.

Los esquimales distinguimos hasta treinta tonos de blanco.
Y los nombramos.
Hay músicas blancas, y noches blancas.
La foca blanca ardió en la madera
del blanco fuego. En el medio de toda la blancura.
Cielo blanco, lluvia blanca.
Algunos blancos sentimientos.
El alma blanca del oso polar. Todo blanco.
La foca monje, con blancos colmillos, dientes como perlas,
metáfora del blanco.
Puñal de filo blanco. Arpón blanco. Cuerda blanca.
Para la sangre roja, luego helada y blanca.
Todo es blanco en Scagerrat, Kategatt y Suntt.
Todos los blancos, pues, no son iguales.
Madera blanca, pescado blanco.
Blanca pena, como alegría sana y blanca.
Blancura de pensamientos en el alba del frío.
La nada es blanca. Y la capa de armiño es blanca.
Como las blancas ballenas.
Del mismo color blanco que la piel de morsa.
Los esquimales, distinguimos hasta treinta tonos de blanco.
Y los nombramos.
Yo que fui sonero, y que como los poetas
no usaba la mayúscula, ni el estrambote,
yo reverso de la carta, viajé a Finlandia,
para colarle un gol a la aurora boreal.
Tanto, tú no le metes un gol, nialarcoiris.
Pues ahí lo tienes, cuando más blanco estaba
y me miraban los niños, como diciendo éste que hace,
me driblo a un trineo, le hago una gambetta al último oso polar,
y va Innuk, y se come el bote, del roteiro, (quesunnombredebalón),
y le digo, tiraaaa, chúpate esa,
y me pongo a gritar gol, desde todos los idiomas,
goal, digo, en voz en alta, y la gente muerta de frío,
o de risa, que en estos países es lo mismo,
y les digo en finlandés, quesunidioma, “salmón ahumado”

Me encuentro sólo.
El último amor se fue con la prosa,
con el verbo y el alcanfor.
Haces poemas congelados! –me gritó.
Era por la noche de las carreteras.
Era, también, la última noche de Diciembre
-oscuridad de bombillas y tintineos-.
Me dejó un pañuelo de seda
y unas llaves que tirar.
No puedo con los poetas fríos- susurró.
Desde entonces no apago la calefacción,
por si vuelve.
Siempre escribo de palmeras y
batidas de coco, de asuntos cálidos;
y me llamo Brian, como antes.
A veces, en rebeldía, declamo:
“Témpano de hielo, tarde fría”.

19 diciembre 2006

blanco esquimal


Blanco me rodea más que hojas hirviendo,
más que paseos en triciclo por nieve que gotea.
Blanco me come con una avaricia que no es la del negro,
que es más lenta y blanca,
que todas las pulpas de fruta en mi mano.
Blanco derretido a lo largo de mi cama,
con el que duermo y me levanto,
siempre blanco, siempre eterno.
En todos los rincones y segundos, en bolsillo roto y saco vacío.
Así el blanco me enternece como al bebé que no discute lo que bebe,
sino que asume y traga
aún más blanco,
aún más leche desdentada.

07 diciembre 2006

marea


regalando alrededor
aunque sólo ansío espacio
hilar dentro de la rueca
posible jugo sediento

regalando alrededor
cartas hechas de trapo
hueco libre en la marea
reclamo para ser pasto
sabed que entre las locuras
busco azares salados
por eso, bajel inhiesto
zozobras en mi tormenta
por eso, trémula distancia
hago eco
humo
sonrisa

reina de corazones

El símil de la vida y la baraja me resulta tan insultantemente cierto a veces... la metáfora perfecta para definir el recorrido de la suerte con carteles luminosos. La vida es o bien como una caja de bombones o bien como una partida de cartas. Pueden elegir ustedes la comparación que prefieran, pero yo me quedo con el sinsabor implícito de estas últimas, porque, al fin y al cabo, siempre puedes elegir otro bombón de la caja pero nunca puedes cambiar las cartas obtenidas por azar. En la primera metáfora hay opción, hay libertad para elegir; en la segunda, no. A partir de aquí todo depende de si eres buen jugador. No hay posibilidad de cambio.
Yo ya no sé si es que tengo suerte, si es que soy muy optimista o, simplemente, resulta que soy buena jugadora...